Por David Uriarte /

 

Las discusiones más acaloradas se dan alrededor del privilegio de disfrutar o priorizar el amor o el sexo. La cultura cobra su cuota enseñando a subyugar el deseo al amor, pero el impulso también busca lo suyo y termina reduciendo al amor a un concepto y privilegiando impulso sexual en conducta placentera.

Más que olvidar al deseo, se puede reprimir, esconder o desentenderse de él, pero siempre estará presente en las ganas de conocer el “fruto del amor”, aunque la razón o el “deber ser” sociofamiliar ahoguen los latidos primitivos de sobrevivencia.

Los ciclos de la vida son perfectos, por eso, el deseo hace alianza con el vínculo afectivo para justificar su presencia y obtener el subproducto de la vida placentera: los hijos.

Algunos humanos se pierden en filosofías baratas, o en teologías controladoras de lo incontrolable, tratando de dar cauce a lo incomprendido por la razón, pero justificado por la emoción.

Otros se pierden en definiciones conceptuales como la diferencia entre amar y querer, entre desear y amar; entre obedecer al instinto y obedecer al juicio de la razón, entre “hacer las cosas bien o hacer las cosas mal” … mientras tanto, la evolución de la especie no se detiene y la evolución de la persona tampoco.

Producto de la represión del instinto placentero empujado por el deseo, es la soltería frustrada de muchos que siguen esperando el soplo divino que habrá de direccionar su vida, otros buscan afanosamente la justificación de sus actos derivados del deseo, pero enmascarados de amor, para satisfacer y dar cumplimiento al mandato evolutivo escrito en el papel de su creencia.

Contactar con su deseo es la congruencia propia del ser humano, reprimirlo o postergarlo, es de las peores inversiones en el sentido y propósito de vida, excepto que exista una personalidad esquizoide que no desea formar parte de una familia o contribuir con el mandato divino de evolución de la especie.

En la línea del tiempo, siempre ha sido primero el deseo, primero las ganas de hacer algo, por eso, en el mundo, la prevalencia de separaciones de parejas alcanza el 50 por ciento, las madres solteras no se dan por decreto, son producto de la obediencia al destino deseoso de la especie humana.