Por David Uriarte

La frase ganar-ganar se convierte en una fantasía cuando en la práctica casi siempre uno gana y otro pierde. En las subastas gana quien más ofrece, quien más arriesga, quien más se expone; pierde el mesurado, el que menos ofrece, el que menos arriesga. Cuando se trata de dinero, pérdidas y ganancias se miden en pesos; cuando se trata de poder, se miden en revanchas, venganzas y exterminio.

Una sociedad inmersa en los remolinos del poder político termina salpicada del dramatismo de los contendientes. Cuando están en el poder, la promesa y la fantasía de la esperanza se alimentan a sí mismas: siempre hay alguien que ofrece y otro que espera, el que ofrece no cumple y el que espera busca otra opción.

En los conflictos políticos donde la mano del poder fáctico puso su firma, la relación de perjudicados resulta muy asimétrica; puede ser de uno por millón: un detenido y un millón de perjudicados. El perjuicio no significa necesariamente ser víctima fatal; significa verse envuelto en la dinámica de incertidumbre, víctima del desempleo, de la violencia, del miedo, de la pérdida de rentabilidad en los negocios: muchos perdedores y pocos ganadores.

En el juego del poder todo inicia de maravilla, con alianzas aparentemente blindadas; el poder político se siente igual que sus contrarios: intocable. Más temprano que tarde, ese poder termina corroído por una realidad avasallante que no da margen de maniobra.

Las evidencias tienen una contundencia demoledora, la sensación de poder se transforma en miedo, los gritos de poder se convierten en quejidos, y el dominio pleno de la situación cede ante los riesgos inminentes del brazo de la justicia.

Las ganancias mal habidas no se sostienen en el tiempo. La historia de los grandes narcos, criminales, asesinos o depredadores sociales termina con la pérdida de la vida o de la libertad, aunque parte de la sociedad pierde su tranquilidad. Los operadores del poder político pueden correr la misma suerte que los criminales si se salen del guion esperado por la sociedad.

La historia registra grandes transformadores por sus obras dirigidas al bien social, y grandes depredadores por sus obras sociópatas. La comparación entre las grandes obras y las grandes pérdidas en cualquier régimen no requiere mayor análisis: son más los que pierden.