Por David Uriarte

Los seres humanos viven en el espectro donde las filias y las fobias convergen en un mismo espacio. No existen dos personas iguales, incluso cuando se trata de gemelos. Una cosa es el parecido físico y otra, la forma de ver la vida y el mundo.

En una familia donde los padres formaron, o trataron de formar, a sus hijos bajo las reglas y normas de una fe, filosofía o sistema de creencias, con frecuencia ocurre que las filias de unos son las fobias de otros. ¿Dónde quedó el aprendizaje? A veces el padre es alcohólico o adicto y el hijo no bebe alcohol; otras veces la madre es religiosa, casi hasta el fanatismo, y los hijos no quieren saber nada de religión. También sucede con las simpatías políticas: el padre es activista de cierto partido y el hijo no quiere saber nada de la política. Otro ejemplo es la división familiar, donde unos son admiradores de determinadas figuras o liderazgos políticos, mientras la otra parte odia literalmente a esas personas o personajes de la política.

Las filias y las fobias han acompañado a la humanidad desde siempre. A veces no existe un argumento de peso para sostener una u otra postura; simplemente se piensa o se cree de manera distinta a los demás. Los conflictos serios aparecen cuando una de las partes increpa a la otra y los argumentos no resultan convincentes.

Con frecuencia se adopta una postura dogmática en la que no caben diferencias de pensamiento o de creencias, aun cuando existan pruebas o evidencias que contradigan determinadas afirmaciones.

Cuando la disputa tiene que ver con simpatías o filias inherentes a la persona, será difícil convencer con argumentos contrarios o de origen fóbico. En esos casos, simplemente hay que entender que cada quien tiene derecho a pensar como le dé la gana.

Las discusiones terminan cuando ambas partes comprenden el derecho a disentir, pensar o ver las cosas de manera diferente. Cuando el respeto es mutuo y de doble vía, se requiere madurez, entendimiento y flexibilidad, pero, sobre todo, respeto por la diferencia.

Las filias y las fobias políticas se pondrán de moda o serán más frecuentes dentro de unos meses, cuando los partidos den a conocer la identidad de sus representantes, hombres y mujeres que buscan, a través del voto, una sola cosa: el poder político.

La madurez no es una condición que se compre o se adquiera en la farmacia. Se necesita un cerebro sano, donde la mente dé paso a la reflexión y el respeto se convierta en una actitud.