Por David Uriarte / 

Resulta complejo comprender la vivencia de una familia con un hijo desaparecido sin experimentar esa situación en carne propia. Del mismo modo, entender la paranoia de quienes sufren el vandalismo en su hogar requiere de una capacidad empática mínima para imaginar su proceso mental. Algo similar ocurre en la sociedad al abordar temas recurrentes como la depresión, la ansiedad y el estrés postraumático. Así como no se requiere padecer cáncer de páncreas para entender su pronóstico, la empatía permite dimensionar el sufrimiento de quienes enfrentan trastornos mentales.

Las enfermedades mentales reflejan alteraciones en la estructura y función del cerebro, tal como sucede con el corazón, los riñones, los ovarios o las articulaciones. La depresión destaca entre estas patologías; a menudo la sociedad no la comprende, pero la crítica desde la ignorancia de quienes suponen hechos inexistentes. Nadie decide sufrir un infarto, padecer insuficiencia renal, artritis reumatoide o diabetes. Las enfermedades aparecen sin previo aviso ni factores de riesgo conocidos; incluso deportistas jóvenes y saludables caen fulminados en plena competencia.

La conciencia de enfermedad constituye el primer elemento de la tríada para una evolución favorable. Sin el reconocimiento de que algo afecta la mente y el ánimo, resulta difícil acceder a ayuda profesional. La persona no atraviesa una tristeza pasajera; padece depresión, un cuadro mucho más complejo que un estado de ánimo temporal. Tras la aceptación del diagnóstico, el paciente requiere apego al tratamiento, pues la honestidad en el proceso resulta indispensable para la recuperación.

El abordaje terapéutico suele ser mixto, combinando fármacos y psicoterapia. Ante la duda frecuente sobre qué opción es mejor, los expertos señalan que ambos instrumentos son excelentes. La elección depende de la intensidad de los síntomas, la personalidad del individuo, el apoyo sociofamiliar y los factores ambientales que pueden potenciar la eficiencia del tratamiento. Finalmente, el mantenimiento del vínculo terapéutico posee la misma relevancia para alcanzar el bienestar del paciente.