Por David Uriarte / 

El trasfondo psicológico de los enfrentamientos entre la delincuencia organizada y la autoridad reside en los conflictos no resueltos durante el desarrollo del individuo, quien proyecta en las instituciones su frustración, percepción de abuso o competencia.

La delincuencia emplea diversos modelos operativos; uno de ellos consiste en la provocación directa, técnica que los grupos describen como “-para calentar la plaza-“.

No existe causa o razón alguna para atacar edificios donde las autoridades locales, estatales o federales mantienen sus centros de administración; el simple hecho de representar autoridad despierta en la mente criminal los vestigios de las frustraciones o abusos sufridos en la niñez.

La mayoría de los gatilleros son hombres jóvenes, menores de treinta años, con un vocabulario limitado y estrechamente vinculado a la falocracia y a la destrucción de la jerarquía. Aunque a menudo no conocen a las autoridades ni recibieron maltratos directos de su parte, manifiestan un resentimiento sistemático hacia todo lo que implique orden o mando.

Las imágenes en redes sociales sobre ataques a edificios gubernamentales en diversas entidades reflejan esta provocación y la estrategia para canalizar su furia mientras ejecutan una orden superior.

El conflicto con la figura de autoridad surge en la niñez, antes de los diez años, y suele fortalecerse durante la adolescencia. Estos jóvenes provienen de entornos con padres rígidos, castrantes, obsesivos, inflexibles o violentos.

Al inicio, el niño experimenta miedo; sin embargo, al alcanzar la madurez física antes de concluir la adolescencia, sustituye ese temor por la confrontación. En este punto, el individuo desafía a los padres o cuidadores que antes lo controlaban, pues nunca conoció el respeto, solo la sumisión por la fuerza.

Las figuras de autoridad creen que podrán dominar a los menores de forma permanente y olvidan el fenómeno biológico del crecimiento. Cuando este ocurre, sobreviene una metamorfosis: el niño reprimido se transforma en un adolescente rebelde y, eventualmente, en un joven con potencial delictivo.

La confusión entre miedo y respeto es el origen del problema. Al principio, los menores obedecen por temor, ya que una crianza basada en gritos, amenazas o golpes anula el aprendizaje de los valores.

Miedo vs. respeto.