Por David Uriarte /
Aunque más de catorce horas de vuelo y miles de kilómetros separan a México del conflicto en Irán, los efectos resuenan como ondas sonoras que impactan la economía global. El cierre del Estrecho de Ormuz representaría una catástrofe comercial; por esa vía circula el petróleo de diversas naciones de Oriente y, en sentido inverso, el suministro alimentario para los países aledaños.
Es una realidad que la guerra constituye uno de los negocios más lucrativos del mundo, con miles de millones de dólares en juego. Existen aeronaves cuyo costo supera el presupuesto de seguridad de naciones enteras.
Lo mismo ocurre con los destructores y acorazados: embarcaciones de gran calado estratégicamente posicionadas para la defensa o el ataque con una capacidad de fuego impresionante.
Las constructoras de equipo bélico pertenecen a los empresarios más acaudalados del planeta. Todo indica que el conflicto armado se percibe como una oportunidad financiera y no como un recurso último para resolver disputas internacionales.
La destrucción y la muerte definen la guerra. En ella, unos pocos ganan y la mayoría pierde; se pierde la vida a cambio de capital obtenido mediante sangre y pobreza. Los países distantes tampoco resultan ajenos al conflicto, pues la energía —tanto el petróleo como el gas— constituye la materia prima de la vida comercial y doméstica.
Asimismo, el turismo sufre cuando el miedo altera los planes de millones de personas. El temor a convertirse en víctima colateral de un secuestro o un impacto de misil frena las aspiraciones de viajar, especialmente a regiones cercanas a conflictos de naturaleza letal.
Aquellos mexicanos que perciben la guerra únicamente como información mediática olvidan que el actor que detona los conflictos es su vecino del norte. Así como ese país interviene para detener a presidentes en funciones o declarar guerras, también suele interferir en la soberanía de México. Esto representaría más que un daño colateral: sería un daño directo.
Las ventajas siempre conllevan desventajas; compartir frontera con la nación más poderosa del mundo, más que satisfacción, debe generar atención y un estado de profunda introspección.
















