Por David Uriarte /
Creencia malsana sobre nuestra propia importancia, esa es la mejor definición de ego. El ego termina matando las esperanzas de una verdadera democracia, en tanto elimina la verdadera mayoría, la divide, la pulveriza, la desintegra; incluso evita la reconciliación para caminar de la mano en el mismo sentido. Los números no mienten: la suma de la oposición, en algunos casos y en algunos lugares, supera los números del partido en el poder.
La tarea maquiavélica consiste en evitar la unión, evitar la sinergia, hacer que cada uno de los líderes opositores se sienta merecedor de la representación. Ante la ausencia de humildad, la soberbia cobra su factura, la división aparece, la fractura rompe ilusiones y los lamentos siguen siendo los mismos.
El ego traicionero siempre logra su objetivo: anteponer a la persona antes que a los intereses colectivos. El resultado ya se conoce: una oposición en pedazos, cada uno por su lado, cada quien, con su razón, cada quien con su discurso y cada quien con su derrota.
El ego traicionero es como un virus letal: mata la cohesión, evita la sinergia, atomiza las ilusiones y deja en el camino la suma de razones que dieron origen a una contienda legítima en búsqueda de una sociedad con más bienestar.
La humildad, si dejara de ser una palabra para convertirse en una virtud cuya práctica cobijara las intenciones de una oposición que no se ha dado cuenta ni de la palabra, mucho menos de poner en práctica dicha virtud. Ser humilde significa fortalecer la causa, dando paso a lo viable; dejar el protagonismo estéril que siempre termina en el suelo de la derrota. La humildad tiene que ver con la capacidad de espera, con la capacidad para sumar y multiplicar, con la conciencia de las conductas que dividen y restan. La humildad, a veces, es la antesala del poder.
Si todos los días amarran al ego, llegará el momento en que no necesite -mecate-; se convertirán en la fibra que fortalece al cordel, dando paso a la prudencia como peldaño para la suma de voluntades y la convergencia de simpatías que construyen el verdadero y legítimo poder democrático que tanta falta le hace a una sociedad que vive principalmente de promesas y esperanzas.
El ego traicionero es el primer enemigo a vencer por parte de cualquier liderazgo empeñado en servir a la sociedad. Los números seguirán siendo el fiel de la balanza que describe la verdadera personalidad.















