Por David Uriarte /
Las elecciones se ganan con votos y los partidos de fútbol se ganan con goles. Esto no es novedad para cualquier mente juiciosa, razonable, estable y ajena a cualquier pasión o emoción. La historia de los mundiales de fútbol y el desempeño de la selección nacional mantienen a los aficionados en el filo de la butaca o como poseídos delante del televisor; eso es “normal”, es lo esperado.
La afición vive una transformación hacia el fanatismo temporal; a los días o semanas de terminado el mundial, la euforia baja como la espuma, poco a poco, hasta regresar al mundo de la realidad. Es el retorno al pensamiento realista donde, para muchos, la economía sufrió un descalabro; para otros, solo fue un tema de alcoholemia; algunos obtuvieron ganancias significativas con las apuestas y, en consecuencia, muchos más padecieron pérdidas financieras.
Sin embargo, todos terminan como víctimas de la euforia, de esa transformación que mueve los ánimos de casi todos, unos de una manera y otros de otra; la vida social se sacude de esta forma cada cuatro años.
La habilidad deportiva es la base del desempeño técnico de los futbolistas. Se pueden tener muchas ganas, pero eso no garantiza absolutamente nada; lo que garantiza una superioridad en la competencia son las habilidades físicas y mentales: mejor condición, mejor técnica y mejor control emocional que los rivales.
En las gradas se vive un fútbol de pasión; en las cabinas de transmisión se desarrolla una descripción de los hechos en el terreno de juego; en las plazas donde se montan pantallas espectaculares se disfruta una fiesta deportiva; y en la casa donde se presencia solo, en familia o con amigos, el fútbol es la fuente de convergencia de una amistad a veces dividida por la pasión deportiva. Pasado el juego, el marcador solo es un referente y los ánimos vuelven a su lugar.
Rezar, encender veladoras, poner los santos de cabeza o convertirse en analista deportivo de poco sirve. Los futbolistas son empleados que viven sus mejores años como tales: ganan fama, dinero y pasan a la historia, como ocurre desde hace décadas.
Por su parte, los dueños de los equipos son empresarios del deporte que explotan las necesidades de identidad y competitividad humana; mientras tanto, los aficionados se ven reflejados en su equipo favorito o en determinada figura deportiva.
Los atletas terminan siendo una especie de fetiche para el aficionado. Al final, el fútbol se gana con goles, no con gritos.















