Por David Uriarte /
Si las cosas fueran tan fáciles como elegir de manera espontánea dónde vivir —que no es lo mismo que dónde nacer—, la respuesta estaría en algún lugar del mundo: en cualquiera de los continentes, en un país, en una ciudad conurbada de millones de habitantes, en una ciudad pequeña de más de cien mil habitantes, en un pueblo pintoresco, en un caserío o en un rancho de pocos habitantes.
Quienes viven en lugares rurales quieren migrar a la ciudad por las oportunidades de educación, salud, economía y estilo de vida. Algunos de los que viven en las grandes ciudades, con todos los servicios, sueñan con retirarse a un lugar tranquilo, de pocos habitantes, donde lo primitivo sea el encuentro con sus deseos de paz y tranquilidad; huyen de la vida acelerada de las grandes urbes y sus conflictos.
Los habitantes de Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Irán, Israel y Ucrania, por citar algunos lugares, tal vez piensen que no viven en el mejor lugar. Las opciones se vuelven limitadas cuando uno se da cuenta de que la cárcel más grande es el propio país, y que no resulta tan fácil abandonar el lugar de residencia cuando las condiciones son adversas.
Los humanos, en general, solo buscan sobrevivir: cumplir con el instinto de conservación, reproducirse para preservar la especie, pero sobre todo vivir en paz, con seguridad, con un estilo y una calidad de vida donde la dignidad, la salud y la libertad sean las cartas comunes de la baraja familiar.
El mejor lugar para vivir es aquel donde la seguridad sea el destino diario, donde la calidad de vida derive de la salud física y mental, donde existan los servicios básicos de salud y educación, y donde la familia pueda descansar sin los sobresaltos de cualquier riesgo prevenible.
El mejor lugar para vivir debe ser donde vivimos: el rancho o la ciudad. No importa la óptica ajena; lo que importa es la calidad de vida. Vale más una calle llena de baches, pero segura, que un bulevar de primer mundo donde la supervivencia equivale a la de una zona de guerra.
Lo importante es tener un estilo de vida donde la seguridad sea la primera línea de defensa, donde los servicios sean equivalentes a la tributación, donde la responsabilidad sea la moneda de cambio y donde la honestidad sea el billete de más alta denominación.
Ese es el mejor lugar para vivir.













