Por David Uriarte / 

La ideología política funciona como la religión de la sociedad; la pluralidad representa la ideología que cada individuo profesa y el convencimiento sobre cómo deben marchar la política partidista y la de gobierno. Quienes afirman que no son políticos suelen referirse a que no pertenecen ni están afiliados a un partido; sin embargo, eso no significa que carezcan de ideas o preferencias en temas de gobernanza. Tal vez olvidan o no dimensionan que los partidos políticos constituyen la antesala de cualquier administración, con excepción de las candidaturas independientes en los niveles que la ley prevé. Ideologizar a la población representa el primer paso para el control político; unificar el pensamiento particular, familiar y social es el principio del éxito tanto en los partidos como en el gobierno.

Cuando la pluralidad ideológica se fragmenta o polariza, surge la dictadura como método eficaz, ya sea en su forma pura o disfrazada de democracia inducida. Mantener a la masa social en un solo camino no resulta fácil ni posible; por ello, cuando la libertad representa un riesgo, se aplican controles que surgen de la suma del poder real: aquel que domina la libertad y los bienes. De poco sirve que la persona piense diferente si pierde sus propiedades y su autonomía física; lo positivo es que, aunque el individuo termine en una celda de dos por dos metros, conserva su libertad de pensamiento.

La experiencia mundial refleja cómo la pérdida de la vida resuelve diversos conflictos ideológicos. “Muerto el perro, se acabó la rabia”; esta actitud radical conlleva riesgos, pero países con regímenes como el de Venezuela, por ejemplo, prefieren privar de la libertad a quienes disienten. Estos sistemas construyen instrumentos legales donde la subordinación ideológica configura un delito cuya pena corporal es la reclusión.

El pensamiento no se sujeta a realidades universales, sino a verdades ideológicas y a creencias válidas, aunque no necesariamente ciertas. Los modelos radicales que no permiten fisuras de tolerancia o reflexión terminan por polarizarse. Estos grupos construyen antagonismos tan peligrosos que pueden disolver amistades y patrimonios.