Por David Uriarte /
El valor de los objetos depende de las circunstancias. ¿Cuánto vale un vaso con agua? La respuesta varía: no posee el mismo precio en el desierto tras horas de caminata bajo el sol que en el hogar, donde abunda lo suficiente para desechar el excedente tras saciar la sed. El individuo aprende a valorar las cosas y las situaciones cuando analiza todas las posibilidades, cuando el ego cede ante la contingencia y cuando existe la conciencia de que es posible ocupar cualquier lugar en la mesa.
Muchos emprendedores, cuyo entusiasmo inicial deslumbró a familiares y amigos, operaron bajo una lógica común; creyeron en la fortuna de un éxito instantáneo. Sin embargo, omitieron prever la cruda realidad del deterioro económico en una sociedad que prometió abundancia, pero que les arrebató todo en la misma proporción. Hace una década, diversas ciudades destacaban por su crecimiento económico, la construcción de plazas comerciales, torres de departamentos, desarrollos inmobiliarios y franquicias internacionales. Era una economía envidiable para algunos y un estilo de vida consolidado para otros.
La clase trabajadora y la burocracia gubernamental —aquellos que prefirieron la seguridad de lo poco sobre la incertidumbre de lo mucho— observaban el ascenso meteórico de antiguos compañeros de escuela o vecinos. Estos últimos solían preguntar con tono condescendiente: “supe que trabajas en el gobierno”. La respuesta tímida de los empleados públicos ratificaba, en apariencia, el éxito del supuesto emprendedor. Cabe aclarar que no todas las historias coinciden y el emprendimiento no equivale a malas prácticas; este análisis se refiere a los “emprendedores relámpago”, figuras que a menudo sirven para el blanqueo de capital.
El valor de la burocracia estatal recupera su lugar de respeto ahora que los organismos intermedios, las asociaciones empresariales y quienes cerraron sus negocios comprenden que “no todo lo que brilla es oro”. Quienes agotaron sus ahorros, se sobre endeudaron con préstamos bancarios o aceptaron capitales de procedencia dudosa, hoy forman parte de una fila marcada por la envidia.
En la actualidad, estos sectores anhelan un espacio en la estructura gubernamental. Desearían retroceder el tiempo para generar antigüedad en aquellos empleos que en su momento denostaron y que hoy representan la estabilidad perdida.
¿Se trata, acaso, de justicia divina?














