Por David Uriarte /

Mantener conforme o contenta a la sociedad es una tarea prácticamente imposible al gobernar. No existe registro de una sociedad democrática, en cualquiera de sus acepciones, donde la totalidad de los ciudadanos coincida con el modelo o estilo de gobierno. Siempre persiste un espectro que abarca desde los aduladores a ultranza hasta los opositores radicales; aquellos a quienes nada les agrada, sin importar el grado de beneficio social que reciban.

Este fenómeno ocurre en todo el mundo: en repúblicas y monarquías, y en gobiernos con distintos niveles de libertad ciudadana, ya sean democracias, autoritarismos o totalitarismos. Existen regímenes políticos que prohíben el disenso y donde no se puede aspirar al ejercicio de las libertades porque el Estado mantiene el control absoluto de todo.

Al regionalizar el tema de la inconformidad social, se perciben con claridad grupos definidos que orientan su malestar hacia un destino de polarización. Por ejemplo, la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) mantuvo un ritmo de diferencias que escalaron hasta los tribunales. La tensión en busca de la verdad alcanzó los niveles más altos hasta llegar a la conciliación. Mientras los conflictos persistían, coexistían inconformes, aficionados y fanáticos; sin embargo, cuando las disputas se allanaron, los inconformes permanecieron. Para quienes buscaban confrontación, la conciliación no representaba una opción, evidenciando así una clara muestra de inconformidad social.

Posteriormente, la UAS inició un proceso de reingeniería, producto de una visión de futuro y de su adecuación a los tiempos, circunstancias y economía del país. Muchos tampoco aceptaron este redireccionamiento de la vida institucional; parece que la vena de los inconformes siempre supura discordia.

Dentro de la dinámica institucional, la UAS propuso —y los invitados aceptaron— la entrega del doctorado Honoris Causa. El acto generó alegría, pero también inconformidad dentro y fuera de la institución. Voces ásperas transformaron su molestia en manifiestos verbales, los cuales, aunque respetados, quedaron opacados ante el brillo de la aceptación social mayoritaria.

La inconformidad social tiene rostros, nombres y apellidos; no se trata de fantasmas, sino de figuras repetitivas. Son los mismos actores que no toleraron los gestos de una buena relación entre la UAS y el Gobierno; por ello, criticaron la presencia del nombre del gobernador en la infraestructura de una unidad académica.

Al final, es el derecho a pensar diferente.