Por David Uriarte /
Personas, familias, grupos e instituciones, incluido el propio gobierno, atraviesan momentos en los que todo parece un callejón sin salida. Hay víctimas de la delincuencia, familias que sufren por la suerte de sus parientes y comerciantes asfixiados por la depresión económica.
Las instituciones de seguridad pública enfrentan una saturación de trabajo, con carpetas de investigación abiertas en espera de entregar resultados a la sociedad.
Por su parte, los gobiernos locales y estatales lidian con la carga laboral y la presión social mientras cuentan los días para entregar la estafeta a su relevo.
De haber conocido el desgaste físico, emocional y político que implicaba el poder temporal de gobernar un municipio o una entidad federativa, algunos mandatarios habrían renunciado a las aspiraciones políticas que hoy los mantienen en el poder y bajo la lupa de la observación y la crítica ciudadana.
La salida del callejón ofrece sólo dos opciones: que concluya el periodo de gobierno o que termine la causa del descrédito.
La satisfacción de cualquier gobernante al salir del callejón —ya sea por el fin de su encargo o por la resolución de problemas extremos— se asemeja a la de quien compra una casa en la playa por pasatiempo: “se pone contento cuando la compra, pero más contento cuando la vende”.
Jamás se conoce de antemano el precio que pagará quien ostenta el poder político. En principio, la idea suena atractiva: pasar a la historia como presidente o gobernador y dejar un nombre inscrito como evidencia de desempeño y gestión.
Sin embargo, también existe el riesgo de entrar en un callejón sin salida o, en el mejor de los escenarios, lograr una retirada airosa. Al final, el juicio de la historia coincide con el juicio de la sociedad.
Las entidades federativas poseen una marca de reconocimiento de autoridad a nivel nacional e internacional. No obstante, la evaluación determinante proviene de la percepción social de los gobernados. Si bien las inversiones, las obras sociales y la atención a las comunidades son importantes, resulta fundamental que la sociedad se sienta segura y perciba un clima de tranquilidad para las familias y las empresas. Esa representa la mejor salida de cualquier callejón.
Nadie requiere de asesores internacionales para rescatar a un gobernante; se necesita el compromiso de los gobernados: padres honestos, decentes y respetuosos que formen hijos con esos mismos valores. Con eso basta.














