Por David Uriarte / 

Las verdaderas negociaciones en materia de política electoral partidista comenzarán a partir de estos días y deben quedar concluidas en el mes de diciembre; a partir de enero del año próximo, deben caminar las campañas rumbo al proceso electoral. Mientras tanto, los liderazgos oficiales y los liderazgos morales trabajan a marchas forzadas para conciliar y llegar a los acuerdos sin dejar lastimados o, por lo menos, no tan lastimados que se vuelvan en contra.

El partido en el poder tiene que hacer esfuerzos extraordinarios para contener las diferencias entre los que se creían con derecho, pues aseguraban que por méritos serían los elegidos y no resultó así; por otro lado, los partidos satélites como el PT y el VERDE también reclaman su privilegio, saben de su utilidad en la suma electoral, saben que pueden ser el fiel de la balanza en los congresos, saben que pueden ser los partidos bisagra.

Las verdaderas negociaciones son aquellas donde gana el partido en el poder, ganan los partidos aliados y dejan el menor número de personas sentidas o molestas; lo óptimo sería que también ganara la sociedad.

La mejor negociación, la negociación definitiva o la reina de las negociaciones es la del voto: asegurar primero la promesa del voto y después el cumplimiento de dicha promesa en las urnas es la evidencia del poder político.

Los senadores, diputados federales, diputados locales, presidentes municipales y servidores públicos de distintas áreas de gobierno han renunciado con anticipación; los que figuran en la lista de coordinadores de la 4T, por lo menos, tienen asegurada la competencia; los que no resultan elegidos, algunos ya traen coraje ventilado en declaraciones cuidadosas pero salpicadas de rencor que no pueden esconder.

Cuando la silla es una sola y los competidores muchos, la frustración se multiplicará por el número de llamados, pero no escogidos; la madurez no siempre les alcanza y las traiciones tocan la puerta de la conciencia para invitar a sumarse a las filas opositoras.

Regresar a la silla que dejaron con la idea de no regresar jamás será la prueba de tolerancia a la frustración, la prueba de que no todo es la simpatía de los electores; se da cuando alguien les dice que fue —la encuesta— la que no les favoreció, algo parecido a lo que le pasó al Químico Benítez en Mazatlán y a muchos otros como al propio García Harfuch.