Por David Uriarte /
Es propio del ser humano programar, planear y prometer; bienvenidas sean las promesas. También es humano mentir o incumplir lo pactado.
Las generaciones forman eslabones de promesas y las familias aprenden de su entorno: prometer se convierte en un acto de fe y cumplir en un acto de heroísmo. Procrastinar funciona como la moneda de cambio para la mayoría que, aun teniendo conciencia de sus promesas, no las cumple.
Desde la salud personal hasta los compromisos laborales, las promesas actúan como el combustible que mantiene encendido el motor de la vida personal y social. Puras promesas, buenas intenciones y conciencia de la realidad, pero con un grado bajo o ausente de cumplimiento. Por ello, la sociedad presenta porcentajes elevados de enfermedad, ignorancia y pobreza. Las promesas se convierten en la interfaz entre el éxito y el fracaso, entre la realidad y la aspiración, entre tener y no tener, entre la salud y la enfermedad, el conocimiento y la ignorancia, y entre la riqueza y la pobreza.
Las promesas surgen como parte de la codificación genética de una sociedad acostumbrada a dar y recibir: el gobierno promete, la sociedad también; el patrón promete y el trabajador hace lo propio; los padres prometen igual que los hijos. Es un proceso sociocultural donde las promesas integran la vida misma. “Prometer no empobrece, dar es lo que aniquila”; la filosofía popular entiende el valor de la promesa y detecta en ella un riesgo implícito. Prometer origina muchos fracasos y frustraciones; cumplir, en cambio, representa una excepción virtuosa.
En cualquier área de la vida las promesas están presentes. La más recurrente es la promesa hacia uno mismo: las personas con obesidad se prometen bajar de peso, quienes viven en pobreza se prometen salir de ella y quienes padecen ignorancia, aun en su estado, pueden prometerse estudiar, conocer de cerca la realidad y abandonar la oscuridad cognitiva para entrar en la claridad del conocimiento.
Las promesas de fidelidad son recurrentes. La realidad suelta la carcajada cuando se confronta con los pensamientos ocultos donde radica la verdad. Las promesas de las parejas, cuando afirman fidelidad en lo próspero y lo adverso, terminan fracturadas cuando llega la abundancia o sucumben ante la pobreza crónica. Promesa y cumplimiento forman un dueto asimétrico.















