Por David Uriarte /
La pasión puede nublar la razón. Una mente apasionada supera con mucho cualquier realidad para enmarcarla en el terreno del juicio. Entre describir las cosas como son y ponerles calificativos juiciosos está la pasión: por la política, los partidos, la ideología, el poder, la revancha, los políticos, lo político. La pasión siempre describe mentes sesgadas que contrastan con la realidad y su firme descripción.
Una cosa es aceptar el gusto o el disgusto por cierto tipo de comida, y otra calificarla de buena o mala por la pasión o animadversión hacia ella. Una cosa es aceptar el gusto o el disgusto por cierto tipo de música, y otra afirmar que está bonita o que está fea. Mientras bonita y fea son producto de la pasión, la descripción es otra cosa.
Lo mismo ocurre cuando se habla de la política, lo político y los políticos. Militar o simpatizar con el partido en el poder es distinto a militar o simpatizar en la oposición. Las pasiones viven en las diferencias, y cada quien defiende sus creencias o intereses. No importa la realidad; lo que importa es la percepción que se tiene de las cosas y la pasión por las creencias.
La política aglutina a fieles creyentes de un determinado modelo de gobierno, y también a los interesados que la usan como medio para obtener un fin. La política es un vehículo que transporta interesados legítimos —entendiendo legítimos como aquellos que buscan en la política el medio para servir a los demás— y también a quienes buscan beneficio personal: los que usan la política como una religión en la que no creen, pero que les conviene.
Lo político abarca todos los temas que tocan la vida social, empezando por la seguridad, seguida de la salud, la educación y la economía. Lo político se vuelve temporal por su asociación obvia con la política y los políticos. Cosa distinta son los políticos: personas cuya vocación de servicio es el motor de su desempeño. Hay políticos de vocación y políticos de ocasión, políticos arribistas, personas que jamás imaginaron un cargo de este tipo, pero fueron tocadas por la mano de la gracia y el poder.
Sudar calenturas ajenas cuando se habla de lo político, la política y los políticos es como ver comer a otros y creer sentir la indigestión cuando ni bocado se ha probado. Es enojarse por el pleito ajeno.















