Por David Uriarte /
La voluntad se pierde por dos circunstancias: pereza o enfermedad. Este proceso difiere de la pérdida de la libertad; de hecho, es precisamente la libertad la que permite que la voluntad se diluya en la pereza, a diferencia de lo que ocurre en enfermedades como las compulsiones y las adicciones. Cuando una parte de la sociedad pierde la voluntad por su libre albedrío, existe poco margen para modificar su actitud. La vía corta de la comodidad representa la ruta del menor esfuerzo; implica dejar en manos ajenas la voluntad y el raciocinio, lo que significa hipotecar el futuro familiar.
Cuando la voluntad se pierde por la recompensa inmediata del placer —como en las enfermedades mentales por adicciones a sustancias naturales como la marihuana, sintéticas como las metanfetaminas, o incluso en la ludopatía—, lo que subyace es una corteza prefrontal “débil”. La parte del cerebro encargada de las funciones ejecutivas, como el juicio y la razón, presenta una avería; estas personas necesitan ayuda profesional y no regaños. La voluntad, junto con la motivación, constituye el motor de la conducta. La voluntad perdida coloca al individuo en un modo “zombi”; así transitan miles o millones de personas en el mundo, sin conciencia de su propia manipulación. Solo esperan la señal que active su acto reflejo; a veces esa señal es una dádiva, una promesa o una instrucción que alimenta la esperanza de un paraíso terrenal que nunca llega.
Para recuperar la voluntad cuando la pereza domina la conducta, se requiere abstracción. Es necesario poner en marcha la capacidad de pensamiento: razonar, analizar, comparar y, sobre todo, observar el rumbo colectivo. Se necesita la capacidad de escuchar y no solo oír; aprender a leer lo que subyace en el discurso del liderazgo político, sin importar el régimen. No se trata de confrontación, sino de comprender que la realidad se mide en resultados.
La voluntad perdida genera una regresión cognitiva y un retraso en los procesos de pensamiento. Esta condición abre la puerta a los impulsos primitivos, de tal manera que el individuo actúa por inercia y solo busca satisfacer las necesidades básicas de supervivencia. Ese es el precio de perder la voluntad y entrar en la espiral del control y la manipulación de cualquier tipo. La voluntad perdida mantiene al obeso sin actividad física, al adicto cautivo en su consumo y a quienes creen en promesas, fanatizados por un futuro fantasioso que sirve como alimento para el hambre generacional.
















