Por David Uriarte /
Hay niveles de bondad; la bondad, vista por cualquier lado, es positiva. Preserva mucho más que la esperanza en el afligido o desvalido, busca reposicionarlo en la fila del bienestar. Cosa diferente ocurre con la maldad. La maldad es una inclinación o voluntad consciente de causar daño —físico, emocional o material— a otros, con disfrute o indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Esta definición conceptual es del dominio público; se encuentra a un clic de distancia.
¿Por qué hablar de la maldad? Esta pregunta resuena en los oídos de las personas de buena voluntad, en los bien nacidos, en los samaritanos que no logran comprender el grado de maldad mundial, regional, local o familiar. A veces es mejor no saber, no enterarse de las tantas formas de expresar la maldad.
Hay quienes piensan que lo mejor es no ver las redes sociales, no ver programas noticiosos, no enterarse de la serie de hechos delictivos, horripilantes, escenas dantescas de la maldad expresada de mil maneras. No enterarse de la realidad no significa que no exista; tener la idea romántica de la bondad es como creer que un recién nacido no va a crecer.
En los niveles de maldad hay dos ópticas evidentes: el catálogo de maldades y el catálogo de malosos. Las maldades van desde las “travesuras” que dañan, hasta la conducta dolosa que termina por privar de la vida a otros.
En las páginas del catálogo delictivo se pueden encontrar mil y una formas de obtener lo que no corresponde: el dinero, los productos, los servicios o cualquier rendimiento del esfuerzo ajeno. No existe actividad excluyente; hasta las iglesias y sus administradores están en el catálogo.
En las páginas del catálogo de los malosos o delincuentes se encuentran hombres y mujeres menores de edad, adolescentes, jóvenes, adultos y adultos mayores, todos con un solo objetivo: obtener lo que no es de ellos.
Los niveles de maldad tienen que ver con el pensamiento, las creencias y el entorno sociofamiliar; son una mezcla de condiciones y circunstancias poco entendidas. Al revisar la hoja de vida de un homicida o de un maloso se encuentran elementos interesantes: no siempre son producto del abandono o la ruptura familiar, no siempre son adictos, no siempre tienen un origen de pobreza extrema.
Hay algo más que debemos conocer y entender para evitar la maldad y su reproducción.















