Por David Uriarte / 

Dicen que la historia la escriben los que ganan. Puede ser. Lo que conocemos como historia son los dichos de quienes aseguran saber lo que pasó, ya sea porque lo vivieron o porque los implicados se los contaron directamente. Conocer de cerca los hechos y los dichos es una cosa; suponer lo que pasó es otra. La economía deja su estela en el tiempo, los gobernantes también, y las personas que han marcado la historia con datos dignos de recordar, ya sea por su contribución a la humanidad o por los daños causados a ella, todos quedan registrados como tal.

En la historia reciente de México, el siglo pasado vivió su revolución. Sabemos lo que nos cuentan y vivimos de los rescoldos que aún calientan la conciencia de muchos. En la segunda mitad de ese siglo, México experimentó un desarrollo en casi todas las áreas: el reparto agrario, las presas, los canales de riego, las vías de comunicación que privilegiaron los trenes con sus vías, las telecomunicaciones —primero el telégrafo y después el teléfono—, hasta llegar a la maravilla instantánea de la tecnología de la información con las redes sociales.

El crecimiento se concentró de tal manera que sembró la envidia al poder político. Germinó con tal fuerza que desde dos décadas antes del cierre del siglo ya existían datos duros de una rebelión entre políticos conocedores del verdadero poder político. Así nace la nueva generación de políticos: una cuna que arrulló a propios y extraños, un lugar donde caben por igual más de lo mismo —arrepentidos, traidores, desleales, comprometidos, interesados o convencidos—. La ideología es una y los arrimados a la plaza del poder son muchos.

El siglo actual arranca con novedades que hoy llaman alternancia: primero el PRI, después el PAN, otra vez el PRI, y hasta el día de hoy —o tal vez por muchas décadas más— el nuevo régimen político que merece un análisis aparte. Es evidente que detrás de las siglas de cualquier partido político hay dos cosas: la ideología y el interés por el poder como tal. La historia archiva los registros de los grandes avances y las grandes tragedias, de las mejores intenciones y las peores acciones. En la década que corre, la historia acumula mucha información: México se internacionaliza, está en la mira del gobierno de los Estados Unidos y todo indica que pronto habrá novedades.

La historia es el tribunal transparente donde aparecen las verdades.