Por David Uriarte

Perderse en la confusión entre gobierno y funciones resulta una práctica frecuente. El gobierno puede ser de cualquier color; lo que no puede cambiar es la calidad del servicio, la consistencia de la prestación, la frecuencia con la que pasa el carro de la basura, el suministro de agua potable, la funcionalidad del drenaje sanitario y pluvial, las ventanillas abiertas para brindar una atención con calidez: una serie de funciones atribuibles al gobierno municipal.

Puede gustar o no la persona que está sentada en la silla de las decisiones; lo que importa es el cumplimiento de las funciones, la calidad de los servicios, la calidez de la atención y el seguimiento a los conflictos propios de una sociedad que cada vez reclama más, una sociedad dispuesta a cooperar con voluntad y empatía, lo mismo que espera del gobierno.

Los gobernados representan el sustento de la nómina burocrática y, de alguna manera, contribuyen a las obras públicas; lo único que esperan es atención, ser escuchados, ser tomados en cuenta y recibir un trato digno.

Todos los días hay actividad en un gobierno federal, estatal o municipal: fines de semana, días festivos, vacaciones, Navidad, Semana Santa, Año Nuevo; no importa el frío o el calor, la lluvia, la neblina, la polvareda, la inundación, el incendio o la epidemia; lo que importa es cumplir con la sociedad, aunque a veces la evaluación del desempeño no alcance las mejores notas.

La escasez forma parte del desempeño de casi cualquier gobierno. Hay áreas sensibles, como la seguridad pública, donde la prevención constituye una parte medular de los gobiernos locales. Tener presencia en más de quinientas colonias que forman parte de la mancha urbana representa una verdadera odisea, un sacrificio que no alcanza a cubrir las necesidades de diagnóstico, gestión y atención de las causas que predisponen a la conducta antisocial o sociopática.

Una casa limpia no es la que se barre más, sino la que se ensucia menos. En esta analogía, una ciudad segura no es la que tiene más policías, sino la que tiene ciudadanos honestos y respetuosos. En este sentido, la familia en particular y la sociedad en general representan un aliado indispensable en el tema de la seguridad pública.

Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Los habitantes de unas colonias que siempre, o casi siempre, habían tenido agua potable, a las 24 horas de no contar con el servicio se acordaron de la JAPAC.