Por David Uriarte /
La realidad aumentada es una tecnología que superpone elementos digitales —como imágenes, información en 3D, textos o sonidos— sobre nuestro entorno físico en tiempo real. Se utiliza en ámbitos educativos, arquitectónicos, de diseño o donde la imaginación lo determine, lo que genera una perspectiva de cómo sería la experiencia en la vida real.
La verdad aumentada como tal no existe; lo que existe es la exageración de la nota, las ideas superpuestas a un hecho, la manipulación de la información, la intención de distorsionar la realidad, las imprecisiones en la descripción de los sucesos, la verdad parcializada de manera intencional y la verdad a medias.
En fin, la manipulación de la supuesta verdad puede convertirse en el medio para un fin determinado, ya sea culposo, doloso o inocente.
Los hechos pueden pasar desapercibidos si falta una fuente informativa o una búsqueda intencionada. Que no existan señalamientos precisos sobre las conductas y actitudes en el desempeño de las funciones administrativas de los tres poderes no significa que estos hayan sido un dechado de virtudes o «blancas palomitas»; lo que significa es que los caminos para encontrar la información eran tortuosos, por no decir difíciles o imposibles.
Hoy las cosas en materia de información son distintas: la huella digital es fácil de identificar, el hackeo de información forma parte de la vida paralela de algunos políticos y la creencia de que «no pasa nada» resulta obsoleta. Hoy se sabe que sí pasa y que quien menos te imaginas encuentra las evidencias.
Los reportes de agencias extranjeras —como el FBI, la CIA, la DEA y muchas más encargadas de la inteligencia y la seguridad transnacional— permiten conocer información que de otro modo permanecería oculta. Muchas veces, el implicado o el interesado es el último en enterarse de que registros de su vida y de sus actividades terminaron donde menos lo imagina.
La exhibición pública de información privada o secreta muestra conductas que hacen suponer delitos o excesos en las atribuciones; al final, todo deriva en dinero, tráfico de influencias o actividades ilícitas que la impunidad sistémica, orgánica o la complicidad con algunos eslabones de las cadenas de mando protegen de manera temporal.
Existen casos de verdades aumentadas donde la protección política dio origen a los ilícitos y hoy se utilizan con un doble propósito: exhibir al servidor público, inhabilitarlo o encarcelarlo.















