Por David Uriarte /
Para ser presidente de cualquier país, no es necesario presentar un examen de admisión ni un examen de evaluación; solo se requiere la venia bendita, popularidad, simpatía y un discurso creíble. Incluso, a veces, con la primera condición basta; claro, todo esto en mayor proporción que la competencia. Cuando se llega al poder, no hay exámenes de conocimiento, certificaciones o recertificaciones, ni demandas por negligencia o por incumplimiento de promesas; solo la distribución de responsabilidades y, por supuesto, el ejercicio del poder. El gobernante sabe que el poder se ejerce y la responsabilidad se comparte.
Para ser médico, primero hay que estudiar catorce años; después, enfrentarse a la criba de un examen de conocimientos; cinco años en el aula, un año como interno de pregrado en alguna institución hospitalaria, un año más de servicio social y, después, enfrentarse al ENARM (Examen Nacional de Aspirantes a Residencias Médicas), una prueba oficial y anual en México, con un promedio de cuatro a cinco años más. Veinticinco años de academia para tener un título y una cédula de médico especialista. ¿Para qué? Para enfrentarse a dos escenarios: el mundo de la medicina oficial y el mundo de la medicina privada. Ambas condiciones implican caminar siempre por un terreno minado, desde demandas de pacientes inconformes, a veces extorsiones, otras veces impedimentos para seguir ejerciendo, hasta la privación de la libertad como resultado de la condena de un juez por actos constitutivos de algún delito derivado del ejercicio de la profesión.
El médico se representa a sí mismo a través de la ciencia que lo respalda; los políticos representan, teóricamente, a una población determinada, incluyendo a la mayoría que los eligió. Sus honorarios se cubren con los impuestos de quienes tributan de manera cautiva.
Para ser presidente de un país, senador, diputado federal o local, gobernador de un estado o presidente municipal, solo se requiere cumplir con los requisitos que establece la ley, entre ellos ser postulado por algún o algunos partidos políticos, hacer una campaña y esperar los resultados de la elección; nada de estudiar, comprender, analizar o correlacionar signos, síntomas, órganos, aparatos y sistemas, ni memorizar cientos de nombres de sales o moléculas terapéuticas y cientos de estudios de gabinete y laboratorio.















