Por David Uriarte /
Marcar o designar a las y los candidatos rumbo al proceso electoral del próximo año representa una oportunidad para la clase política, una oportunidad para tener un ingreso seguro por tres o seis años, una oportunidad para seguir en los terrenos del poder político partidista o político-político. Lo electoral termina siendo un reto al ego personal; el grado de aceptación o el grado de rechazo marcan el destino inmediato de los aspirantes.
La carga burocrática del poder político gira alrededor de los nuevos elegidos, ya sea a las representaciones del poder legislativo o del poder ejecutivo. Nadie llega solo o sola al gobierno, llegan los elegidos y los designados. Los elegidos se la jugaron, compitieron, sudaron la camiseta; los designados fueron nombrados antes de las campañas, en las campañas y algunos, después de las campañas, cuando se consolida el triunfo. Estos son los afortunados de la nómina gubernamental.
Los perdedores quedan marcados como eso: perdedores. Hay quienes acumulan una, dos o más derrotas en el mismo o en partidos diferentes; otros acumulan triunfos como parte de su currículo político-administrativo. Hay incluso quienes tienen registro de haber participado en tres o más partidos políticos o como servidores públicos en tres o más administraciones de partidos distintos. Hay que reconocer su capacidad de servicio o su capacidad de adaptación y, por qué no, también el servilismo de algunos.
Unos en sus marcas, otros listos, pero todos esperando escuchar el sonido de ¡fuera! Así se dan las cosas prácticamente en todos los partidos políticos y organizaciones afines, todo en medio de la incertidumbre para los productores del campo, los acopiadores de granos o bodegueros, la sequía y las expresiones atípicas del cambio climático.
Hay tres variables prendidas con alfileres: el costo del combustible, el precio del dólar y el precio de la tortilla. Claro que hay muchas más variables importantes; las primeras son urgentes.
Qué bueno que el gasolinazo como tal no se ha presentado, pero está latente. Lo mismo pasa con el peso frente al dólar. El dólar está “barato” no porque exista un superpeso, sino porque el dólar en sí mismo está devaluado en todo el mundo, esto por el desaseo de la economía estadounidense.
Análisis aparte merece el precio de la tortilla. Cuando a los candidatos les digan ¡fuera! Veremos qué tan listos son.














