Por David Uriarte /
Cuando se conocen las reglas, se establecen conductas predecibles en función de no violar la norma, sacar la mejor tajada, bloquear al contendiente y disfrutar el triunfo asegurado desde antes de empezar el juego o la competencia.
Cuando las reglas cambian y el árbitro también, debe pasar tiempo suficiente para entender la esencia de los cambios y los trucos escondidos en el nuevo entramado de la competencia.
En la política electoral, se pone a prueba la política partidista, la fortaleza del partido dominante y las debilidades de la oposición; hay renovación de dogmas, rutas nuevas cuya exploración puede llevar tiempo. Lo más importante sigue siendo lo mismo: la confianza del ciudadano empadronado y el compromiso del voto.
Cuando las reglas cambian, no se puede vivir en el pasado, en el lamento de cómo se hacían las cosas antes; hay que actualizarse, sobreponerse a la renovación propia de la dinámica política en búsqueda del poder.
La admiración no puede soslayarse cuando la renovación es tan evidente, cuando la novedad implica cambios profundos de paradigmas sociales, aprendizajes significativos en una cultura que sigue siendo la misma moneda, pero por la otra cara, la cara desconocida.
La política tradicional conocía una cara de la moneda, era más de lo mismo, se predecía el famoso carro completo, la aplanadora, el voto corporativo; era fácil conocer los resultados desde antes, algo parecido a lo de ahora, pero con actores tradicionales. Los actores emergentes están dando la sorpresa por su actuación y competitividad.
Dentro de los cambios, no todo está ganado ni asegurado; hay factores externos, redundancias de conductas excesivas o compromisos extremos que hoy están pasando la factura. Esos excesos pueden ser los lastres que hundan el barco del triunfo; esos lastres pueden aparecer o regresar de otros países, específicamente de Estados Unidos: un gobierno inconforme, un presidente con acopio de mucha información derivada de los extraditados y extraditables, información clasificada, reservada para usarse como arma letal en contra de las decisiones en México que, según ellos, les afecta.
La esperanza democrática en México se basa en los buenos deseos de que Estados Unidos no interfiera en tiempos electorales; si esto sucede, las reglas enfilarán la ruta del triunfo absoluto y arrollador del partido en el poder.
¿Y si no?















