Por David Uriarte /
Al hablar del corazón herido es imposible no remitirse al éxito de Bonnie Tyler en 1977, «It’s a Heartache», pero ese es otro tema. El Día Mundial del Corazón se celebra cada 29 de septiembre para concientizar sobre la prevención, el control y el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares, que constituyen la principal causa de muerte en todo el mundo.
Corazón, como palabra, tiene definitivamente dos connotaciones evidentes: la vida y los amores. Sin los latidos del corazón no puede haber vida, y sin los sentimientos y emociones no puede haber vínculos afectivos; aunque los sentimientos y emociones parten del cerebro, casi todas las personas se los atribuyen al corazón.
La vida se extingue con el último latido del corazón. La especie humana es la única con capacidad de abstracción, es decir, con capacidad para discernir entre una cosa y otra, entre el amor al padre, a la madre, a la naturaleza, al trabajo, a los hijos, a la vida y, por supuesto, a la pareja con la que planea consciente o inconscientemente formar una familia. En la actualidad, una familia no significa necesariamente tener hijos, pero sí compartir la vida, compartir expectativas y descansar de manera conjunta en el colchón del tiempo.
Es de todos conocida la importancia de la salud cardiaca, más cuando se sabe que constituye la principal causa de muerte. Un corazón sano promete en sí mismo una larga vida; un corazón herido siempre será la antesala de la muerte.
No se sabe bien a bien a qué se le tiene más miedo, si a la muerte como tal o a un paro cardiaco. Las salas de urgencias médicas en los hospitales siempre cuentan con el famoso -carro rojo-, un estante donde se encuentran todos los medicamentos y el equipo necesario para las maniobras de reanimación cardiaca.
Así como existen las urgencias médicas, también existen las urgencias psicológicas, esos dolores del -corazón- por una decepción amorosa, por una traición, por una pérdida irreparable, por una enfermedad propia o en un ser querido. Los -dolores- del corazón, psicológicamente hablando, son una fuente de displacer cuya dimensión solo la conocen quienes los han sufrido; de hecho, llega a ser causa de suicidio, de impulsos violentos tratando de acabar con la vida de los demás. Los -dolores- amorosos acompañan a las personas que se atreven a vincularse; es una amenaza latente.
Hay muchos corazones heridos.















