Por David Uriarte / 

Hace ocho años, el escenario político apuntaba claramente a un cambio de régimen; hace cinco años, entidades como Sinaloa experimentaron una jornada electoral atípica, donde el triunfo del partido en el poder fue más que arrollador; hace dos años, México vivió la experiencia aderezada con un pasado reciente y un presente esperanzador para la mayoría de los votantes. Hoy, las condiciones geopolíticas son totalmente diferentes en México y, particularmente, en las diecisiete entidades donde habrá elecciones para titulares del Poder Ejecutivo, renovación de las cámaras de diputados y presidencias municipales.

Nadie puede asegurar triunfos contundentes, ni el partido en el poder ni la oposición. Los partidos aliados son más que indispensables, y la coalición opositora, si supera egoísmos, puede dar la sorpresa aritmética. Nadie la tiene fácil, ni los candidatos ni los partidos.

Hoy, la sociedad valora las potencialidades de las personas que aspiran a gobernar o representar un distrito; valora los antecedentes. Por eso, hay candidatos cuya fortaleza se puede convertir en debilidad, derivado de su pasado partidista. Hay aspirantes que no han dejado partido sin resentimientos, desde partidos viejos como el PRI y el PAN, pasando por el Verde, el PT y MC, y buscando la bendición de MORENA o sumarse a las nuevas opciones recién desempacadas por el famoso INE.

Cuando todo parecía estar bien, las sombras de duda nublaron el cielo de la esperanza de muchos; para otros, han sido los mejores momentos para meterle turbo a la competencia, buscando desacreditar a los cuadros favoritos del partido en el poder. Algunos desesperanzados, devaluados o derrotados se despertaron con entusiasmo ante los recientes acontecimientos nacionales. Se les olvida que el poder tiene toda la maquinaria para aplanar el piso y buscar remontar los negativos para convertir las debilidades en fortaleza, aunque suene paradójico.

Aun así, nadie la tiene fácil. El comportamiento electoral es mucho más que boletas y convocatoria cívica para comparecer ante el juicio de la historia. Las elecciones tienen una variable intrínseca, humana, histórica, de fidelidad a la mano que da de comer; eso vale más que cualquier razonamiento o evidencia.

La pregunta es: ¿quién dijo que era fácil? Donde hay tentaciones hay hierros y donde hay traiciones hay consecuencias caras.