Por David Uriarte /
A pesar de los múltiples adelantos científicos y tecnológicos, no es posible prevenir la muerte. Resulta factible promover un estilo de vida saludable, realizar ejercicio, mantener una dieta balanceada, evitar el estrés y socializar —acciones que, según se afirma, postergan el deceso—; sin embargo, cuando este llega, es inevitable.
Mueren ricos, pobres, obesos, enfermos, sanos y niños. Fallecen quienes se ejercitan y quienes llevan una vida sedentaria; mueren el fisicoconstructivista, el vigoréxico, el instructor de gimnasio, los médicos, los cardiólogos y los científicos. Perecen todos los que en algún momento estuvieron vivos; el único requisito para morir es tener vida.
La diferencia entre la muerte sorpresiva o súbita y la muerte esperada radica en las condiciones previas. No es lo mismo aguardar el final durante una enfermedad terminal, tras sobrevivir a una cirugía cerebral o un trasplante, o mientras se permanece en una unidad de cuidados intensivos después de un ataque con arma de fuego que funcionó como sentencia de muerte.
Existen decesos que no sorprenden: las muertes esperadas. Entre ellas destaca la muerte natural, producida por la edad, el tiempo, la programación celular o, según las creencias individuales, por instrucciones divinas. Lo cierto es que, hasta el momento, todo ser que nace, muere.
La muerte sorprende cuando no se espera un desenlace funesto; cuando la persona lucía llena de vida, fuerte, estable, productiva y, supuestamente, gozaba de buena salud.
Algunas personas desempeñan actividades que arriesgan su integridad física: miembros de las fuerzas armadas, pilotos de alta velocidad o trabajadores en oficios peligrosos como la minería y la tripulación de submarinos, aviones de combate o buques de guerra. En estos casos, tanto ellos como sus familias saben que la catástrofe puede presentarse en cualquier momento; existe un grado de conciencia y certeza sobre el posible desenlace fatal.
Sin embargo, cuando la muerte sorprende en la cama, en la tranquilidad de la noche y la profundidad del sueño, el descanso del individuo se convierte en la pesadilla de la familia. Esta es la muerte sorpresiva, inesperada e impensada: la muerte súbita que no permite intervención alguna y que sólo deja espacio para la resignación.
















