Por David Uriarte / 

Lo primero que salta a la vista es la interrogante sobre si engañar constituye realmente un arte, una actitud deshonesta o una condición humana. Cada individuo puede darle su propia interpretación o sujetarse a su esquema de valores y creencias; cualquier postura resulta tan válida como la otra, pues son ópticas de la conducta humana. En este análisis, el arte de engañar refiere a la forma en que los distintos actores de la política se conducen para cultivar la simpatía electoral.

Actualmente, se perciben los pródromos, signos y síntomas de una sed por aparecer en las boletas electorales del próximo año, desde la gubernatura hasta los veinte municipios de Sinaloa. El arte de engañar consiste en construir un espacio de confianza entre quien busca un cargo de elección y la decisión del elector; las urnas son el “santo grial” de cualquier político que intenta legitimar su deseo de poder a través del voto.

En cada proceso electoral surgen las divisiones propias de la voluntad: quienes votaron por el ganador, quienes lo hicieron por los derrotados y quienes se abstuvieron. El primer grupo siente satisfacción, aunque esto no garantiza que se libren del engaño. El segundo experimenta una sensación de pérdida —pues así sucede en la realidad— y el tercer grupo, al no ejercer su derecho al voto, queda huérfano del vínculo político-electoral, aunque esto tampoco asegura que no los engañen.

La actitud de engaño no depende de filosofías o partidos; depende de la persona. La capacidad histriónica de quienes buscan la gracia de los votantes funciona como la grasa que facilita su desplazamiento en la voluntad electoral. Como reza el dicho popular, “verbo mata carita”; la capacidad de “engañar” surge como una cualidad que atrae voluntades, una actitud de seudo-compromiso con la sociedad y una postura redentora que jamás llegará a la crucifixión.

El arte de engañar es una actitud asumida desde que las sociedades buscaron la democracia. La voluntad constituye una de las libertades cuya suma se vuelve indestructible y más pesada que el plomo. Sabedores del peso de esa libertad, los artistas del engaño buscan penetrar en las necesidades del elector: buscan que los conozcan, los miren, los escuchen y reciban un discurso lleno de promesas.