Por David Uriarte /
No es la primera vez que la población despierta con la noticia de un crimen cometido por un estudiante adolescente. Existen marcadas diferencias dentro de un colectivo estudiantil cuyas edades fluctúan entre los trece y los diecinueve años. Cabe recordar que, para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la adolescencia es la segunda década de la vida; este organismo define la adolescencia temprana de los diez a los catorce años, y la adolescencia tardía de los quince a los diecinueve años.
A veces, el personal docente ignora conductas atípicas de sus alumnos que superan las travesuras comunes de niños en transición. El adolescente no es un niño ni un adulto: está en una etapa de transición física y mental. La adolescencia constituye un espacio donde concurre la pubertad, periodo de cambios biológicos donde las hormonas determinan algo más que conductas sexuales y potencialidades reproductivas.
El cerebro de un adolescente experimenta cambios constantes, acentuados por la llegada de la “marea hormonal”. En los hombres, la aparición de la testosterona potencia los dos instintos primarios del humano: la reproducción y la conservación. Los embarazos adolescentes ofrecen evidencia estadística de esta presencia hormonal; la violencia también. Basta repasar las estadísticas de las edades de reclutamiento del crimen organizado: generalmente se trata de adolescentes varones cuyo impulso deriva de dos condiciones: las hormonas y un cerebro inmaduro en transición, donde el juicio dista de ser la brújula del comportamiento social.
La neurociencia ha demostrado que el cerebro de los sociópatas —aquellas personas que dañan a la sociedad— presenta tres características bien definidas: no aprenden de la experiencia, no sienten culpa y poseen un código de ética distinto al de la sociedad en la que se desarrollan. Los docentes de secundaria y preparatoria, así como las autoridades educativas, deben conocer estas características tanto de los adolescentes como de los sociópatas.
Resulta un tema indispensable para trabajar conjuntamente con alumnos y padres. Los padres representan las primeras figuras de autoridad para los hijos y es, precisamente, dicha autoridad el blanco del conflicto de los adolescentes con perfil sociopático.
Los estudiantes adolescentes que matan a maestros siempre muestran señales anticipatorias.
















