Por David Uriarte / 

Todos los días aparece información noticiosa: el mundo de la ciencia da a conocer los premios Nobel, el deporte, sus triunfos; la economía, sus riesgos; la guerra, su poder de fuego, y la política, sus logros.

Los periodistas de investigación buscan lo que hay debajo de la nota principal de cualquier régimen de gobierno; buscan la evidencia de sus dichos mediante documentación oficial para no correr el riesgo de caer en supuestos; buscan fuentes informativas veraces y tratan de hacer acopio documental para sustentar sus dichos.

La información maliciosa, según la definición, es un adjetivo femenino de malicioso que se refiere a algo o alguien que tiene o denota mala intención, picardía o propensión a hacer daño; es evidente el dolo o la mala fe. La información maliciosa tiene como objetivo dañar algo o a alguien; al carecer de veracidad, difunde contenido cuyo alcance deja de ser noticioso o informativo para convertirse en doloso.

La información basada en evidencias no busca etiquetar a la persona, sino exhibir los hechos bajo una óptica documentada. Los juicios son el postre del lector; el análisis individual representa una conclusión derivada de datos objetivos, verificables u oficiales.

Dice el clásico que después de una cacería y en una elección es cuando más mentiras se cuentan. Si el pueblo exigiera evidencias de todo lo dicho por los candidatos, las cosas se pondrían más tensas. Mientras los candidatos tengan paso libre para expresar sus dichos sin la exigencia de decir la verdad, las promesas imposibles de cumplir seguirán alimentando las esperanzas que terminan siempre como un plato vacío, en espera de ser llenado.

Escuchar datos e información representa una costumbre cíclica tanto para quienes buscan el poder a través del voto como para aquellos que tienen en sus manos el fiel de la balanza. Los candidatos construyen muchas veces su perfil deseable a base de inconsistencias, imprecisiones, promesas no viables y mentiras evidentes.

Los votantes aprovechan la oferta de promesas y hacen sus pedidos, hipotecando su voluntad de voto. Así se construye un juego perverso en el que el político busca la simpatía del votante y el votante sigue construyendo la fantasía de una ganancia que casi nunca llega.

Distinguir entre la información maliciosa y la información con evidencias es la diferencia entre estar informado y estar engañado.