Por David Uriarte / 

Los temas intergeneracionales suelen estar sujetos a juicios de valor, resultando interesantes para unos, e irrelevantes para otros. El concepto de herencia se vincula principalmente con los bienes materiales: aquello que uno acumula y otro disfruta. ¿Qué recibirán la viuda, el viudo, los hijos o la familia? Grandes fortunas se han difuminado en menos tiempo del que tomó construirlas; patrimonios forjados durante décadas terminan destruidos en periodos breves. El esfuerzo consciente para consolidar un patrimonio puede esfumarse por la acción inconsciente de quienes desconocen el sacrificio ajeno.

No todos visualizan la herencia desde una perspectiva económica. Existen quienes consideran que el mayor legado consiste en formar hijos a través de la educación; descendientes que entreguen un título o grado académico como prueba del cumplimiento de sus padres. Muchos progenitores aún sostienen que la calidad de la enseñanza depende de su costo; por ello, buscan instituciones privadas, preferentemente en el extranjero y con colegiaturas en dólares. Afirman que el sacrificio vale la pena para heredarles lo más valioso: la educación formal.

Otros piensan distinto: ni el dinero, ni los bienes, ni la educación representan la herencia ideal. Para este grupo, los valores constituyen el mejor legado. Desean hijos que aprendan a respetar y que sean honrados, honestos, prudentes, justos, trabajadores e íntegros. Incluso añaden la frase: “no importa que sean pobres, pero honrados”. Aspiran a que estos descendientes formen familias donde se repliquen dichos principios. En este sector se encuentran familias que profesan religiones donde la verdadera riqueza se alcanza tras la muerte y donde la palabra “salvación” posee un significado que supera cualquier tentación de bienestar terrenal.

La mejor herencia permanece como un tema subjetivo, impregnado de creencias polares, divergentes o, al menos, distintas. El concepto guarda una estrecha relación con la formación y la herencia cultural. No poseen la misma visión los ciudadanos estadounidenses que los chinos, japoneses, rusos, españoles, judíos o mexicanos. Mientras unos apuestan al capital, otros prefieren el estilo de vida primermundista y la economía de consumo; algunos optan por la filantropía, el altruismo o el reino celestial, y otros eligen la honradez como el fin último de toda conducta.

Entonces, ¿cuál es la mejor herencia?