Por David Uriarte /
Muchas cosas, muchísimas, se arreglan con dinero: las carreteras, el abasto de medicamentos, el equipamiento de las corporaciones policiacas; la climatización de las escuelas, la nómina de los servidores públicos, la nómina de todos los empleados del sector privado; la compra de víveres para cualquier hogar, el pago de los servicios públicos, la adquisición de bienes muebles e inmuebles; en fin… todo, casi todo se compra y se arregla con dinero.
Lo que no se compra con dinero es la gracia, la bondad, la actitud, el conocimiento, el entendimiento y la prudencia. Claro, hay muchas cosas más que no se compran con dinero.
Lo importante es poder diferenciar el costo de la diferencia; es decir, una cosa es comprar un reloj de la marca Rolex y otra cosa es -comprar- la puntualidad; una cosa es comprar un hospital y otra cosa distinta es -comprar- salud; una cosa es construir una iglesia y otra muy distinta es -comprar- santidad.
Lo que se compra con dinero termina siendo barato; lo que no se compra o arregla con dinero es la subjetividad difícil de medir, son los instrumentos, habilidades o vocaciones inherentes a una vida justa.
Estar bajo la gracia de los que deciden o mandan es tener una vía aérea permeable en medio del océano de conflictos terrenales; estar bajo la sombra protectora de la bondad de una persona poderosa es la iluminación de un espectro dominado por la oscuridad; ser beneficiario de la actitud humana en el trato diario de los servidores públicos es el premio mayor de la lotería de muchos números.
Lo que no se arregla con dinero son los baches inamovibles de un corazón enfermo de maldad; lo que no se arregla con dinero es la actitud inhumana del servidor público que debería estar para protegerte.
¿De qué sirve el medicamento -caro- para el cáncer si la mirada de bondad de quien te cuida está ausente? ¿De qué sirve el presupuesto robusto para la seguridad pública si los fusiles se usan en contra del ciudadano o del empresario que tributa? En estos casos, el dinero no resolvió el problema de fondo.
La condición humana sigue siendo el fiel de la balanza cuando se habla de bienestar. La condición humana no necesita dinero, necesita cumplir su función.
El diseño humano -sano- es funcional, es incluyente, es benévolo, es bondadoso, prudente, con suficiente entendimiento, aunque no pase por aulas de prestigio.
No todo lo arregla el dinero.















