Por David Uriarte / 

El Día Mundial de la Alimentación se conmemora cada 16 de octubre. Toda la comida es barata cuando se compara con el costo de la enfermedad. La alimentación no debe convertirse en una moda ni estar sujeta a una dieta como tal; debe ser un estilo de vida que conduzca a una buena calidad de vida. Esta frase se dice fácil, pero es el santo grial de la vida saludable.

Mientras la industria farmacéutica se esmera por tener un medicamento para cada enfermedad, muchas personas hacen un esfuerzo extraordinario para convencer a los demás de que existe un régimen alimenticio ideal, según su conocimiento, interés, negocio, sesgo o dogma.

Mientras unos adoran las dietas fraccionadas a lo largo del día, con porciones cada tres o cuatro horas, otros promueven el ayuno prolongado, con ingestas de alimentos una vez al día. Entre estos extremos del ayuno también se promueven distintos contenidos alimenticios: unos adoran la dieta rica en fibra; otros, la rica en proteínas; otros, la rica en carbohidratos.

Algunos se fijan en la cantidad de calorías; otros, en el peso de las porciones. Unos predican con el ejemplo y otros, de plano, viven en la incongruencia entre lo que predican y lo que hacen.

La pirámide alimentaria fue una en el siglo pasado y otra en este siglo. ¿Cómo es posible que científicos, instituciones de salud pública e industria alimentaria cambien de manera diametralmente opuesta los criterios de nutrición? Aquí es donde aparece lo interesante de cuatro mundos: la salud, la enfermedad, la industria farmacéutica y la ciencia.

La salud no tiene precio; es lo más preciado de la vida. Por eso, su cuidado ocupa el primer lugar entre las acciones del ser humano. Sin salud no hay nada; no existe fortuna que pueda comprar vida. Se puede comprar comida, medicamentos, hospitales y muchas cosas más, menos la vida.

Por más que cueste la comida, termina siendo barata frente a la enfermedad, la hospitalización, las secuelas físicas o mentales y la muerte. La comida entra por la boca, pero antes la cultura y las costumbres hacen lo suyo. Se aprende a comer desde la infancia: los padres orientan la alimentación; primero, la madre hace lo suyo; después, los aprendizajes, la economía y el estilo de vida se suman a las creencias para construir la agenda, las cantidades y el contenido de la comida.

Es tiempo de revisar lo que se come y la salud: provecho.