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Por David Uriarte /

Cuando las personas viven en pareja, construyen un modelo de convivencia único: la costumbre modela la relación. Se acostumbran a estar juntos o se acostumbran a extrañarse. En la cadena de la pareja puede existir un eslabón más vulnerable, aquel que extraña más a la otra persona. Y no siempre se trata de debilidad; a veces es sed de compañía, necesidad de sentirse amado o amada, de importar para alguien, de ser tomado en cuenta. Sobre todo, es la necesidad de sentirse incluido como una pieza vital dentro de la relación.

Los hechos cumplen funciones eventualmente desconocidas. Por ejemplo, una infidelidad descubierta pone a prueba la fortaleza del vínculo afectivo y los paradigmas de ambos integrantes de la pareja. Con frecuencia, lo que provoca mayor dolor no es el acto en sí, sino el significado que cada persona atribuye al secreto, a la lealtad o a la traición. Por ello, mientras no se modifique la forma de interpretar los acontecimientos, difícilmente habrá terapia capaz de sanar la herida emocional. Es necesario resignificar conceptos y creencias; de lo contrario, el sufrimiento se arrastra hacia la cronicidad, pues el pasado no puede modificarse.

La sensación de confort construida como resultado de una pareja funcional puede transformarse en disconfort cuando alguna de tres áreas fundamentales se vulnera: sexo, dinero o poder.

Las disfunciones sexuales abarcan desde los conflictos en el vínculo afectivo hasta la infidelidad, el desamor, la aversión sexual o cualquier alteración significativa de la vida erótica de la pareja.

El dinero representa un instrumento de bienestar. La salud financiera fortalece la sensación de seguridad y la protección patrimonial de la familia; sin embargo, también puede convertirse en un factor de riesgo, ya que empodera y amplía la libertad de quien lo posee. El dinero es una herramienta capaz de fisurar incluso las relaciones aparentemente más sólidas.

Por otra parte, las relaciones de pareja son también relaciones de poder. Imponer la voluntad propia sobre la ajena es una práctica frecuente cuando el respeto a la diferencia está ausente. La tolerancia, la flexibilidad y la aceptación son las fibras que sostienen ese respeto indispensable para convivir.

La relevancia de estos factores se refleja en una realidad social cada vez más visible. En México se registraron 161 mil 932 divorcios durante 2024, equivalentes a 33.3 divorcios por cada 100 matrimonios. Además, la tasa de divorcios ha mostrado una tendencia creciente durante la última década, pasando de 1.52 a 1.79 divorcios por cada mil habitantes mayores de edad entre 2015 y 2024. A nivel mundial, diversos estudios muestran una transformación profunda de los modelos de convivencia y un aumento sostenido de las separaciones respecto a las observadas a mediados del siglo XX.

Detrás de cada estadística existe una historia distinta, pero las causas suelen converger en las mismas variables: afectividad, economía y poder. Cuando una relación termina, es en la ausencia donde se revela la verdadera dimensión del significado que la otra persona tenía en nuestra vida. Entonces aparecen dos reflexiones inevitables: la tardanza en separarse o la premura en hacerlo.

Porque, en muchas ocasiones, el miedo no está en la separación misma, sino en enfrentar la vida sin aquello que, durante años, nos hizo sentir acompañados.