Por David Uriarte /
Lo convencional debe renovarse o morirá lenta o abruptamente; finalmente desaparecerá y quedará para la historia y los relatos familiares. Un ejemplo claro son los teléfonos de cordón, cuyos modelos variaban desde lo más compacto hasta las cabinas de telefonía pública, típicas del siglo pasado. Lo mismo ocurrió con el fax, un instrumento necesario en la oficina hasta la llegada del escáner. “—Te mando un fax—” o “—mándamelo por fax—” eran las frases comunes en el lenguaje burocrático. Tal vez pocos previeron la rapidez con la que estas herramientas desaparecieron, víctimas de la obsolescencia, para dar paso a una modernidad dinámica donde todo caduca por la obsolescencia programada.
El fenómeno alcanzó también a la hotelería. Cuando las tarifas de las habitaciones subieron excesivamente, nació Airbnb, una empresa estadounidense que opera un mercado en línea para alojamientos, experiencias y servicios de corta y larga duración. Esta plataforma actúa como intermediaria y cobra una comisión por cada reserva desde su creación en el año 2008. Por su parte, Travis Kalanick y Garrett Camp crearon Uber en 2009, en San Francisco, California, inicialmente bajo el nombre de “UberCab”. La idea surgió en 2008 tras las dificultades para conseguir transporte en París; los fundadores buscaron facilitar la solicitud de viajes con solo presionar un botón desde el celular.
Actualmente, el transporte roza la autonomía total: coches eléctricos sin chofer y vehículos que obedecen al cliente mediante la voz. Estos adelantos tecnológicos enfrentarán la competencia de los drones en menos de una década; vehículos aéreos autónomos cuya seguridad será el principal atractivo del servicio.
La llegada del transporte por plataforma representó el primer aviso para el taxi tradicional. La competencia demostró que existía margen para mejorar los precios, la calidad del servicio y la atención al cliente. Lo tradicional se resiste a migrar a la modernidad incluso cuando no hay otra opción. La queja constante del usuario —vehículos descuidados, sin aire acondicionado, choferes desaliñados, groseros y con música que hace apología al vicio— abrió la ventana de oportunidad para las aplicaciones. No obstante, hay que tener cuidado: el servicio de plataforma también comienza a presentar deficiencias.












