Por David Uriarte / 

Se ha de sentir “bonito” ver y sentir la defensa de muchos ante las acusaciones o los errores de uno. La solidaridad representa un apoyo a veces incondicional del grupo ante su par o su líder. El fenómeno solidario de gran parte de los fieles de la iglesia de la Luz del Mundo ante las acusaciones a su líder Naasón Merarí Joaquín García, ministro religioso y confeso agresor sexual, es la mejor evidencia de cómo se cierran filas ante un miembro —en este caso un líder religioso—.

No importa la evidencia, no importa su reclusión, no importa la connotación del delito; lo que importa es la creencia en la misma ideología, lo importante es la certeza de la inocencia, aunque medie en el proceso una sentencia derivada de la carga de las pruebas.

Aun así, los defienden como la madre o el padre defiende a sus hijos, o viceversa. De hecho, hay familias cuya moralidad vertical no les permite defender lo indefendible; las defensas a ultranza se presentan con más frecuencia en la política y las religiones.

Existe un parecido gremial entre los miembros de cualquier partido político y los de cualquier iglesia donde el dogma sea el camino del pensamiento: con los políticos, la esperanza es su credo; con los religiosos, la fe marca su destino celestial.

El espectáculo lingüístico en la guerra de acusaciones entre los miembros del poder y sus opositores bien merece un reconocimiento a la persuasión, aunque pretendan convencer de que el agua no moja.

Al observar la vehemencia de los defensores cuando se trata de evidencias o datos duros que implican a sus pares, jefes o colaboradores, se percibe el tamaño de la conciencia y la claridad de lo que se debe hacer; también se percibe la creencia en el nivel de inteligencia de su auditorio.

Todo tiene su momento. Las responsabilidades tienen fecha de caducidad; el tiempo le recuerda a la biología su debilidad con la muerte; la justicia le recuerda al quebrantador de la ley que todo tiene un límite y que existen consecuencias.

La familia también se cansa de defender a sus integrantes una y otra vez, de dejar la credibilidad —si es que en algún momento existió— en manos de quienes traicionaron con sus actos la confianza y el honor familiar.

La familia nunca le apuesta a perder en poco tiempo lo que le costó tanto tiempo construir.