Por David Uriarte / 

Una de las condiciones humanas es la capacidad para mentir, exactamente igual que la capacidad para decir la verdad; la diferencia entre una y otra estriba en la conciencia, la libertad y el interés. Hay conciencia cuando se miente y hay conciencia cuando se dice la verdad. Hay quienes mienten como deporte; sienten un deseo imperioso de mentir, de engañar, de faltar a la verdad con promesas, dichos o afirmaciones totalmente opuestas.

La mentira forma parte del discurso humano. La diferencia radica entre mentir con conciencia del daño que produce en la otra u otras personas y la mentira relativamente inocua, aquella sin daño colateral, aquella usada como medio para contener emociones o actitudes que pueden desbordarse y ocasionar un daño mayor que la propia mentira; sin embargo, mentira es mentira.

Una cosa es mentir sin promesa previa y otra cosa es incumplir las promesas, que se convierten de facto en una mentira más del carrusel que guarda modelos distintos y variados de mentiras. La afirmación de que todo ser humano miente es una generalización muy cercana a la verdad. El ser humano, como tal, representa una serie de responsabilidades a través de su formación académica, de los aprendizajes y de sus promesas, como en el caso de los políticos o gobernantes. La sociedad se mueve entre promesas o expectativas: promesas hechas por alguien o expectativas construidas por su imaginación, confianza o fantasías.

Los vendedores de mentiras son personas conscientes de lo que hacen; saben de antemano lo difícil o imposible que resulta cumplir sus promesas. Buscan la confianza como beneficio o una recompensa traducida en dinero, bienes o servicios obtenidos como intercambio de la promesa envuelta en la mentira.

Los compradores de mentiras tienen distintos perfiles: los que siempre confían y tienen la certeza de que los volverán a engañar; los que aceptan alguna dádiva como anticipo del cumplimiento de la promesa, sabiendo que nuevamente los están engañando; y los inocentes, víctimas de los vendedores de mentiras, aquellos que aún creen en el prójimo, aquellos a quienes les gana la ambición al hipotecar, a veces, su voto y, a veces, su dinero o sus bienes con la promesa falsa de recuperar eso y mucho más. Los vendedores de mentiras existen porque existen los compradores de mentiras: oferta y demanda.