Por David Uriarte / 

Así como hay orgullo partidista, religioso o familiar, también hay vergüenza partidista, religiosa o familiar. Cada cierto tiempo se reavivan las pasiones ideológicas y partidistas. En Sinaloa, como en prácticamente la mitad de las entidades federativas, personas y grupos se preparan para enfrentar a sus opositores en la disputa por el poder político. La renovación del poder legislativo y ejecutivo ocupa desde hace meses la mente de los miembros del partido en el poder y de la oposición, cuyos simpatizantes ya dan señales de sus preferencias.

El orgullo partidista recorrió las venas de millones de mexicanos cuando la esperanza de mejorar las condiciones de vida formó parte de la liturgia ideológica. A nueve años del triunfo rotundo del régimen actual (2027), muchos orgullosos cambiarán su sentimiento y su forma de pensar. Lo mismo ocurrirá con muchos avergonzados que hace nueve años dejaron parte de su honor en las urnas para recorrer la travesía que hoy polariza y despolariza conciencias.

La mentira dura hasta que la verdad sale a la luz. A veces, conocer la verdad llega demasiado tarde, sobre todo cuando los hechos no tienen remedio. De poco sirve ganar un juicio cuando el daño es irreparable; es como recibir la comida cuando ya no se tiene hambre. La vergüenza partidista empieza a mostrar terreno fértil para los opositores al régimen. Las habilidades de trapecista aflorarán poco a poco y engrosarán la reserva de “cuadros” valiosos que saben trabajar por tierra y por aire.

El orgullo de muchos comenzará a transformarse, no necesariamente en vergüenza, pero sí en una especie de reflexión donde el fanatismo cederá paso al pensamiento juicioso, analítico, descriptivo y honesto. El fenómeno conductual, tanto en la selección de candidaturas como en las campañas políticas y en el ejercicio democrático de las votaciones, será distinto en 2027.

El orgullo y la vergüenza serán contrapesos de conciencia que definirán novedades. Quien gritaba su pureza ideológica es posible que para entonces sea víctima de una de las manifestaciones de la moral: la vergüenza. También ocurrirá todo lo contrario: quienes se avergonzaban hace tres, seis o nueve años hoy pueden renacer con la cara en alto y parafrasear algo parecido a “te lo dije”.

En la política hay personas con vergüenza y sin vergüenza.