Por David Uriarte /
La gratitud implica agradecimiento y conciencia del esfuerzo ajeno; se trasluce a través de pensamientos positivos, dichos asertivos y acciones solidarias. Los centros de trabajo donde conviven cientos o miles de trabajadores, sin importar su categoría, mantienen una relación patronal de responsabilidad compartida: el empleado cumple con sus tareas y el patrón con sus obligaciones. De hecho, las obligaciones contractuales funcionan como vías de acuerdo para facilitar la relación obrero-patronal dentro de un consenso de voluntades.
La gratitud potencia la felicidad, el bienestar, el estado de ánimo y la autoestima; fortalece la resiliencia, la generosidad y el optimismo, mientras reduce el egoísmo. Además, esta actitud promueve la resistencia al estrés y a la envidia, consolida la amistad y la carrera profesional, y mejora la habilidad para forjar nuevos lazos. En el ámbito laboral, aumenta la productividad y el cumplimiento de objetivos, reduce la rotación de personal y optimiza la toma de decisiones. Físicamente, mejora el sueño, reduce la presión arterial y aumenta la vitalidad, la energía y la longevidad.
Por lo general, las personas que practican la gratitud mantienen una visión optimista. En contraste, los pesimistas presentan una cuota comportamental distinta: consideran los problemas como permanentes y ven el fracaso como algo propio e intrínseco a su persona. Suelen ser menos eficaces, se enfocan en los conflictos y guardan poca esperanza en el futuro. Además, actúan de manera menos proactiva con su salud, guardan rencor, quedan atrapados en la negatividad y sufren mayor propensión al insomnio. Ven siempre el vaso medio vacío. En fin, la gratitud y la ingratitud representan caras de la misma moneda; son ópticas distintas y percepciones encontradas.
Aunque los conflictos y vivencias de una comunidad sean los mismos, el enfoque cambia según la claridad mental de cada individuo, su carga emocional y la suma de experiencias en su vida laboral. Influyen también las creencias legítimas —aunque no necesariamente ciertas— y la carga de juicios hacia los compañeros. Las expresiones de gratitud resultan tan evidentes como las de ingratitud.
Cuando un trabajador ingresa, no firma un contrato de amor o de apego hacia las autoridades institucionales; tampoco promete “denostar, minimizar, satanizar, o construir falsos testimonios relacionados con la representación institucional”. Sin embargo, las expresiones de gratitud e ingratitud son imposibles de ocultar.













