Por David Uriarte / 

El sufrimiento por las pérdidas materiales no representa nada frente al dolor de perder a seres queridos, ya sean padres, hermanos, hijos o cualquier familiar cercano unido por el afecto y el vínculo emocional. La intensidad del sufrimiento carece de un instrumento de medición: mientras algunos desearían morir junto al ser querido y otros lloran eternamente su partida, pocos logran integrar el duelo como una forma madura de continuar con la vida y su significado.

Aunque la muerte es un proceso natural, resulta difícil comprender la crueldad de la violencia. Esta abarca desde la muerte súbita por un proyectil de arma de fuego hasta la tortura inhumana, utilizada como método para obtener información, cobrar deudas desconocidas para el entorno o manifestar el poder fáctico. En ocasiones, el “delito” consiste simplemente en portar un apellido o ser el instrumento para extorsiones y cobros de piso.

Existen diversos tipos de dolor. Uno ocurre cuando, tras el homicidio, las autoridades trasladan el cuerpo al Servicio Médico Forense para la autopsia de ley, antes de entregarlo a la familia para su velación o entierro; este viacrucis resulta difícil de superar. El sufrimiento puede ser agudo, al recibir la noticia del deceso, o crónico, cuando el familiar permanece en calidad de desaparecido. En este último caso, la incertidumbre sobre si la persona vive o ha muerto puede durar décadas.

Tener un familiar desaparecido representa una experiencia casi imposible de superar. El amor de los padres, hermanos, hijos o parejas permanece para siempre, mezclado con desesperanza, coraje, frustración y, en ocasiones, un toque de resignación. No existe realmente un sufrimiento mejor o peor; el dolor es una realidad constante y la resiliencia personal varía en cada víctima de estas experiencias traumáticas.

Todas las muertes violentas y desapariciones dejan una cuota de resentimiento familiar y social. Entender este impacto es una tarea difícil que requiere más que empatía. El fenómeno es complejo; por ello, el gobierno, la familia y la sociedad deben hacer sinergia para abordar sus causas y consecuencias.