Por David Uriarte /
A pesar de la estrecha relación entre el Holocausto y Hitler, aún existen simpatizantes hitlerianos. Los seis millones de judíos asesinados durante el genocidio no resultan suficientes para quienes hoy mantienen un pensamiento similar al del dictador. Estas personas promueven la pureza racial y sostienen que existen estirpes que no deberían existir; a esto se le denomina pensamiento diverso.
En la actualidad, mentes homofóbicas continúan satanizando la orientación sexual, ignorando las determinaciones de organismos internacionales. Tanto la Organización Mundial de la Salud como la Asociación Mundial de Psiquiatría dispusieron, entre las décadas de los setenta y noventa del siglo pasado, que la homosexualidad no es una enfermedad, sino una condición. Aun así, en el pasado se promovieron terapias de conversión: supuestos tratamientos para “curar” la homosexualidad bajo el esquema de salud y enfermedad. Estos métodos, en gran medida inhumanos, se alejaron del conocimiento científico y del abordaje humanista. La diversidad de pensamiento también acepta en sus libros muchas páginas escritas con la pluma de la ignorancia.
El dolo y las actitudes fundamentalistas forman una mezcla perversa y peligrosa. Por ejemplo, existen creencias teológicas donde el conocimiento no admite réplica; son posturas dogmáticas que anulan los derechos de los demás, los subyugan a la creencia y los señalan como pecadores o candidatos al infierno. Estas influencias judeocristianas suman en México más de quinientos años y han generado generaciones de dominio y sufrimiento. A veces, la peor esclavitud no es la física, sino la mental: aquella donde la creencia del más fuerte se impone sobre la conducta del más débil.
El pensamiento diverso influye en todos los modelos de gobierno, desde el presidencialismo hasta la monarquía o la dictadura. La creencia suele terminar en dogma y la sociedad queda presa del pensamiento de quienes gobiernan. De nada sirve demostrar el error o el fracaso de un sistema si se vive bajo leyes elaboradas precisamente para moldear el comportamiento social. No obstante, el pensamiento dictatorial tiene caducidad: esta depende, finalmente, de los gobernados.













