Por David Uriarte /
La actitud personal deriva de creencias aprendidas o inconscientes. Todos los días se observan actitudes transformadas en acciones o conductas difíciles de entender: desde individuos que exponen sus vidas en favor de luchas poco comprendidas, hasta personas con verborrea política que se distraen de temas prioritarios para su bienestar o el de sus familias. Con los bolsillos vacíos, pero llenos de esperanza en el cumplimiento de sus deseos, cada quien elige su preocupación.
La preocupación constituye un estado emocional que se desprende de un sentimiento. Quienes se preocupan por la guerra en Medio Oriente y sus consecuencias en la población civil a veces olvidan atender su propia salud. El desvelo y la ansiedad por los demás los llevan a descuidar su organismo, lo que deriva en hipertensión, diabetes, obesidad y, eventualmente, en una economía restringida.
Existe una diferencia diametralmente opuesta entre estar informado y estar preocupado: la información reside en portales, medios tradicionales y redes sociales; la preocupación, en cambio, nace de la personalidad y el estado mental de cada individuo. Una cosa es poseer información sobre catástrofes mundiales o locales, y otra muy distinta es caer en la preocupación como una forma de dar cauce y sentido a la vida.
La preocupación pone en alerta a quien la padece y libera cortisol, la hormona del estrés. Los preocupados activan la médula de la glándula suprarrenal y producen catecolaminas, entre ellas la adrenalina, que eleva la presión arterial. Por ello, casi todas las personas que se preocupan al extremo terminan con hipertensión y riesgos conocidos, como los derrames cerebrales.
Ocuparse y preocuparse son términos distintos. Ocuparse implica actuar o intentar resolver un conflicto inherente a la persona o a su responsabilidad. Preocuparse significa activar el sistema nervioso autónomo y el sistema psiconeuroinmunológico, lo que golpea la salud mental con signos y síntomas desgastantes.
Asumir actitudes estériles, llorar, no dormir, temblar, no comer, mostrar irritabilidad o labilidad emocional, e incluso descuidar el trabajo o la familia, son algunas de las manifestaciones de las personas preocupadas. La ansiedad es el lugar de descanso de los preocupados.
















