Por David Uriarte

La expresión “de rebote” señala aquello que, inicialmente, no se destinaba a la persona que lo recibe. Muchas fortunas han encontrado dueño por esta vía; asimismo, diversos cargos y encomiendas han llegado a la vida profesional, política o económica de individuos que jamás lo imaginaron.

Resulta positivo que muchas personas mejoren su estilo de vida y beneficien a sus familias a través de estas circunstancias fortuitas. Incluso comunidades enteras obtienen beneficios de programas sociales, obras o servicios que no se proyectaron para ellas originalmente, pero que les favorecieron indirectamente.

Todo beneficio personal, familiar o colectivo es bienvenido siempre que eleve las condiciones de vida; el conflicto surge cuando el “rebote” arrastra daños en cualquier circunstancia.

Pese a los niveles de pobreza, las tasas de desempleo, los salarios insuficientes, la carencia de vivienda, la baja formación educativa, la salud precaria y el miedo colectivo a transitar las calles, la sociedad percibe que el riesgo real de una tragedia personal es estadísticamente insignificante. Se asume una probabilidad del 0.0001% o menos; sin embargo, la población también entiende que la fatalidad puede alcanzarle de manera indirecta. Este es el punto crítico: el impacto negativo, dañino y amenazante hacia el valor más alto, que es la vida.

Resulta complejo establecer la relación causa-efecto en muchas tragedias. Es posible suponer la existencia de conflictos entre grupos rivales que se resuelven mediante la agresión y la violencia; aunque no se puede afirmar que esto sea correcto, se comprende que sucede. Lo que resulta inaceptable son los daños colaterales en una sociedad trabajadora y responsable que busca el bienestar, pero que a veces paga una tarifa muy alta cuando la tragedia le llega de rebote.

Cuando las redes sociales difunden tragedias de una crueldad indescriptible, se dificulta comprender los límites de la sociopatía, de la enfermedad mental y de la tolerancia. Esta permisividad germinó primero en el seno del hogar y posteriormente se extendió por las calles bajo el amparo de la impunidad.

Estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada y con las personas equivocadas puede desencadenar una tragedia donde el azar cobra vigencia. Perder la vida “de rebote” seguirá como un hecho imposible de asimilar para cualquier mente humana.