Por David Uriarte

Identificar las principales necesidades de cualquier sociedad resulta evidente. La primera, sin duda, es la seguridad pública. Una percepción de seguridad sólida, respaldada por un índice delictivo bajo, constituye el mejor indicador de una sociedad estable; solo bajo estas condiciones el individuo y la familia experimentan paz y tranquilidad.

El fenómeno de la seguridad pública comprende dos dimensiones: la institucional (gobierno) y la social (familia). Ambas deben articularse para generar resultados. Al gobierno le corresponde aportar recursos humanos capacitados, con vocación de servicio e infraestructura suficiente para atender una urgencia social aún vigente. Por su parte, la sociedad, a través de las familias, debe formar ciudadanos honestos, prudentes y respetuosos.

Desde la teoría, los problemas sociales parecen de fácil solución. Sin embargo, cabe preguntar: ¿dónde radica el conflicto histórico de la seguridad? Claramente en la formación de las personas. El ideal reside en una estructura de personalidad incorruptible: un policía blindado ante la complicidad y un ciudadano íntegro. Para lograrlo, el entorno familiar debe funcionar como el núcleo donde se forjen individuos de bien, capaces de integrarse a las filas policiales o a una sociedad que anhela una convivencia sana.

Tras consolidar la seguridad, los demás elementos fluyen con relativa facilidad:

  • Servicios públicos y asistenciales eficientes.
  • Impuestos que trabajen a favor de la colectividad.
  • Gobiernos que utilicen la tributación como un instrumento de paz.

Contar con servicios básicos es vital para el desarrollo, pero el eje central permanece en la formación de los hijos mediante el ejemplo. Las familias deben transformarse en centros de valores donde los niños aprendan de sus padres y los jóvenes aspiren al bienestar a través de la academia.

En este sentido, la maternidad y la paternidad no deben nacer de un accidente biológico como la fecundación; requieren planeación y preparación física y mental.

En última instancia, las necesidades sociales orbitan alrededor de la seguridad: sin ella, prevalecen el sufrimiento y la incertidumbre.