Por David Uriarte /
“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, es la frase bíblica (Juan 8:7) del Nuevo Testamento de la Biblia, dicha por Jesús a una multitud que quería apedrear a una mujer. Esta analogía aplica a muchas condiciones de vida donde lo más fácil es la crítica por acciones de otros cuando, de alguna manera, existe conexión, similitud o beneficio de parte de quien critica.
Las actividades delictivas terminan por generar beneficios económicos generalizados. En la cadena productiva del narcotráfico, desde su origen —ya sea con los precursores químicos en el caso de psicotrópicos sintéticos, o el uso de semillas y tierra de cultivo cuando se trata de psicotrópicos de origen natural como la marihuana y la amapola—, desde su producción, cultivo, transporte y venta hasta la distribución de las ganancias, existe una relación comercial ligada a los insumos, el lavado de dinero y la estimulación de la economía a través del consumo.
La dueña de una tienda de ropa puede ver incrementadas sus ventas gracias a la economía derivada de actividades ilícitas; cuando vende y obtiene ganancias jugosas, no se queja ni pregunta de dónde proviene el dinero. Así se establece una complicidad implícita en la orilla del terreno aparentemente neutro. Lo mismo sucede en la venta de equipo automotriz: los concesionarios y sus vendedores reportan ventas abultadas y ganancias para todos, hasta que llega la sequía económica que asfixia el comercio y lo conduce a la quiebra. Casi todos los giros comerciales corren la misma suerte cuando se habla de una economía flotante derivada de los excesos de circulante producto de actividades ilícitas; por eso surgen las recesiones económicas que dejan a miles de empleados sin trabajo y a cientos de empresarios endeudados.
Cuando todo era bonanza, la prosperidad elevaba los estados de ánimo, abultaba las cuentas bancarias y simulaba un florecimiento económico territorial. Al llegar la crisis por el cierre del flujo de efectivo, las condiciones cambian: la economía se deprime al igual que el estado de ánimo, la realidad económica muestra su verdadero rostro y la figura de abundancia se vuelve sombría, con un aspecto de tristeza y miedo social. Es fácil criticar cuando la verdad no favorece, algo que no ocurrió cuando la abundancia bañaba los rostros con la miel de la felicidad a través del dinero.













