Por David Uriarte /
La paternidad y la maternidad son sentimientos dinámicos; forman un espectro que va desde la ausencia hasta la sobreprotección.
Una ausencia que puede ser física o emocional: hay padres presentes, proveedores y buenas personas, pero ausentes emocionalmente; otros están ausentes físicamente, pero dan señales de un vínculo afectivo que se mide por la lucha constante de estar presentes en la vida de los hijos.
Otros padres son excesivamente aprensivos y manifiestan su amor de forma desbordada, hasta llegar al grado de la irresponsabilidad, y forman hijos inútiles, ajenos a toda suerte de esfuerzo y responsabilidad, hijos que crecieron en sábanas de seda o, por lo menos, libres de las responsabilidades que forjan un carácter responsable en la vida.
La culpa es un tema frecuente en la formación de hijos inútiles, disfuncionales o sociópatas, por no decir delincuentes. Los padres ausentes, trabajadores o irresponsablemente adictos terminan cargando la culpa de la desgracia de sus hijos, hijos que solo saben hacer lo que aprendieron.
Hay ejemplos paradójicos donde el padre de éxito, de triunfo, de liderazgo y de esfuerzo, ese padre que se levantó de la pobreza y llegó a convertirse en un ejemplo familiar y social, arrastra el sufrimiento de unos hijos convertidos en todo lo contrario, en una miseria humana por resumirlo de alguna manera.
Esos padres cambiarían toda su fortuna y su fama por ver a sus hijos felices dentro de la funcionalidad física, emocional, familiar y social.
El sufrimiento de los padres, en general, es la desgracia de sus hijos. Las expectativas de la paternidad sana son ver a los hijos realizados dentro de los estándares socioculturales: que tengan pareja, que tengan hijos, que tengan trabajo, que tengan fortuna, que tengan felicidad, que sean ejemplo digno de imitar, aunque eventualmente los padres no lo sean.
Cuando los hijos toman el camino del vicio, desertan de la formación académica, desarrollan conductas violentas o adictivas, se vuelven agresivos y terminan señalados por transgredir las leyes, el sufrimiento de los padres se convierte en una agonía cancerosa.
No hay fortuna económica que cubra el boquete emocional que dejan los hijos cuando se salen de las expectativas de sus padres y tocan el terreno disfuncional o sociopático de las drogas y otras conductas delictivas.













