Por David Uriarte / 

La lógica funciona como la gravedad: no se ve, pero sus efectos se sienten. La lógica de muchos surge del sentimiento de seguridad y protección en un momento determinado, seguridad y protección que puede extinguirse en el futuro. Esas acciones pueden convertirse en desprestigio personal o colectivo mañana.

La lógica es relativa y depende de los actores y sus circunstancias; aunque el actor permanece igual en el tiempo, las circunstancias cambian precisamente con el tiempo. Los actores envejecen, las circunstancias se transforman.

«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo» es la frase más célebre del filósofo español José Ortega y Gasset. Esta frase tiene aplicación universal, pues la dinámica del ser humano siempre se rodea de condiciones y circunstancias que ni siquiera imaginó.

Así como existen personas que jamás pensaron tener una representación significativa para sí mismos, su familia, su bolsillo y la sociedad, también las hay que jamás imaginaron verse perseguidas, señaladas por la ley y el régimen político al que sirvieron o que los utilizó, y menos aún contemplar la posibilidad de pisar una cárcel o enfrentar el desprestigio social.

A menudo los errores no se reconocen como tales; los actores los ven como parte del desempeño operativo, como componente inherente a la oportunidad ambicionada durante tanto tiempo. Los errores no adquieren dimensión en su momento por la fortaleza de las influencias, el posicionamiento político, administrativo o económico.

Por eso, los primeros sorprendidos cuando estalla o se conoce el error son ellos mismos, los protagonistas directos o indirectos. Las consecuencias eventualmente las pueden pagar otros, como suele suceder, pero también pueden enfrentar el brazo de la ley y la justicia. Es entonces cuando descubren que su lógica no funcionó.

El desprestigio de mañana puede salpicar a muchos, no solo al o los protagonistas de los errores. Cuando se trata de grupos políticos o regímenes observados por sus opositores, el zoom o agrandamiento se enfoca precisamente en los errores y no en los aciertos, dando por sentado que la obligación radica en el cumplimiento del deber social.

El precio que pagan los partidos y los grupos políticos derivado de los errores de sus representantes es alto: no solo genera desencanto entre sus correligionarios, sino también provoca una merma en la simpatía y credibilidad social.