Por David Uriarte /
Saber que existen hechos, amistades, complicidades o actitudes que casi nadie conoce, pero que, al salir a la luz, cambian la percepción sobre quien los protagonizó, promovió, permitió, consintió, toleró u ordenó, resulta revelador. El tiempo es un pergamino que se desenrolla y muestra parte de la realidad; la otra permanece escondida en figuras que no cobran sentido hasta que existe conciencia de su lectura.
Las palabras y las figuras solo tienen significado para quien sabe leer y comprender el sentido de ciertos jeroglíficos o figuras representativas. Quien no sabe leer solo observa letras ajenas a su entendimiento o expresiones pictóricas que interpreta de manera personal, alejadas de la realidad.
Así transcurre la vida política de un país que confunde la politización con el adoctrinamiento. Mientras la politización implica el análisis de los ideales y de los hechos desde la perspectiva del interés colectivo, el adoctrinamiento impone el dogma sobre la conciencia como un anestésico de la razón. Por ello, resulta difícil entender cómo algunas mentes brillantes sucumben o se deslumbran ante el espejismo de lo imposible.
El dogma no resiste la prueba de la evidencia. La politización entiende que dos y dos son cuatro; el adoctrinamiento primero pregunta cuánto deben ser. El espacio de la razón y del análisis lo ocupan creencias fantasiosas, bonitas e irrealizables, diseñadas a la medida de las convicciones incrustadas por el propio dogma.
Ante el evidente adoctrinamiento paulatino y progresivo, la sociedad vive en un entorno donde las decisiones parecen responder únicamente al ámbito personal. Para brincar la barrera del análisis y pisar el terreno del dogma se necesita una motivación, una necesidad satisfecha o la promesa de satisfacerla.
En un país con muchos pobres, pocos pudientes y poquísimos ricos, la promesa de mantenerse en la pobreza y no caer en la pobreza extrema constituye, curiosamente, el anzuelo que evita descender aún más. Esa promesa justifica hacer a un lado la razón y dejarse llevar por el camino de la emoción y de la ilusión.
“¿Y si sí?” es la frase que viene como anillo al dedo en estos días. ¿Y si sí es cierto lo que nos dicen, lo que nos prometen, lo que nos venden como verdad? Lo cierto, lo medible y lo evidente es que cerca de treinta y cinco millones de personas reciben puntualmente una ayuda que representa el oxígeno para quien se está ahogando.
¿Politización o adoctrinamiento?















