Por David Uriarte / 

Todo se sabe, pero nada se dice. Aunque no se debe generalizar, es una forma de acentuar una afirmación cargada de emociones. Un día sí y otro también, los medios dan cuenta de hechos más que indignantes, bochornosos y crueles.

La crueldad extrema de cualquier ser humano se reduce al homicidio doloso, a quitarle la existencia a un semejante. Los enfrentamientos entre civiles armados o entre civiles armados e instituciones de seguridad pública tienen como resultado bajas de civiles o policías; son resultados entendidos, en cierta manera, pero los homicidios dolosos llevan en sí mismos la marca de la crueldad extrema que indigna a las familias afectadas y a la sociedad en general.

La indignación silenciosa es una mezcla de coraje, frustración, miedo y prudencia. Muchas personas experimentan coraje ante la ola de violencia; frustración, al no poder hacer algo más allá de platicar o describir los hechos lamentables; miedo, al saber de posibles represalias del poder fáctico; y prudencia, como muestra del primer valor moral cardinal de cualquier persona que piensa y razona ante los acontecimientos consumados.

La indignación silenciosa acumula un sentimiento indescriptible en la mente de la familia a la que le han arrebatado la vida de un familiar, de un ser querido, o simplemente al conocer una estadística cada vez más robusta de crímenes de esta naturaleza. Los huérfanos a quienes les quitaron a sus padres, las viudas a quienes les arrebataron a sus parejas y los padres que han perdido lo más valioso de la familia, los hijos, todos viven o experimentan una indignación silenciosa.

Los gritos de sufrimiento, desconsuelo, coraje y, ocasionalmente, de resignación son el escape de una realidad que termina en la extinción de una vida, una vida cuyo significado y representación solo entiende quien la sufre, aquel o aquella persona que ya no tiene opción, para quien el ser querido no volverá, no platicará su experiencia, no dirá nada, porque el silencio eterno es lo que sigue después de la muerte de cualquier ser humano.

La indignación silenciosa puede ser el combustible de un tsunami social, una factura que se cobre en las urnas electorales, una revancha que no resuelva el problema, pero atempere el coraje acumulado por miles de familias que perdieron de manera violenta a un ser querido.

La indignación social puede ser la mecha que prenda el incendio.