Por David Uriarte /
Las manifestaciones sociales dejan ver intereses legítimos, capacidad de convocatoria, miedos ocultos, corajes manifiestos, frustraciones contagiosas, liderazgos desesperados y redentores buscando la crucifixión. Lo menos que puede hacer una sociedad agraviada es manifestarse, decir lo que siente, pedir lo que le falta, exigir que se cumplan las promesas hechas en campaña, construir conciencia como andamio de las nuevas generaciones que habrán de heredar el estado de cosas que no cabe en un solo verbo o palabra.
Los intereses legítimos se expresaron como fuente de catarsis de una sociedad agraviada, una sociedad a la que le han tocado lo más sagrado: la vida de sus seres queridos. La capacidad de convocatoria se mide en el número de asistentes; no es que sean todos, son los convencidos, los que superaron el miedo a las consecuencias reales o imaginadas. De cualquier manera, es un signo de inconformidad, un síntoma expresado por unos y reprimido por muchos. No se puede, desde la comodidad del aire acondicionado, exigir o pedir mayor atención al programa de seguridad; no se puede pensar en obtener resultados inmediatos desde la crítica de café, desde el análisis sin acción.
Los miedos ocultos dejaron ver su imagen en quienes, transformados con atuendos discretos, propios del día -de brujas-, veían de lejos, sentados en escalinatas, agachados, con lentes para el sol propios de la ocasión, miedo a ser vistos, juzgados o tal vez increpados como parte del problema, o incluso miedo a ser señalados o despedidos de sus fuentes de trabajo.
El coraje manifiesto era evidente; los rostros de madres, parejas, familiares y amigos de quienes perdieron la vida de forma violenta o están desaparecidos formaban parte del escenario más que justificado en la marcha.
Las frustraciones contagiosas se daban al momento de ver o saber de las injusticias cometidas en los últimos dos años, al ver los rostros de familias gritando de manera convencida una sola cosa: -queremos paz-.
Los liderazgos desesperados también se asomaron; se supone que era una marcha pacífica, apartidista, una expresión de la sociedad; sin embargo, los gritos invocando temas partidistas evidenciaron la intención competitiva por el poder político.
Los redentores buscando la crucifixión se dieron tras la exhibición innecesaria del discurso confrontativo de unos cuantos.















